Orangutanes: las madres organizan citas de juego para sus crías
Un estudio de 15 años en Borneo revela que las madres orangutanes viajan más y comen menos para que sus crías jueguen con otras. Qué hallaron y qué falta.

Por Alejandra Lugo
Las madres orangutanes organizan algo muy parecido a citas de juego para sus crías: viajan más lejos y comen menos con tal de que sus hijos se encuentren con otros pequeños de edad similar. Así lo documenta un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), que la revista Nature destacó el 15 de octubre de 2026.
El hallazgo llama la atención porque los orangutanes son los más solitarios de todos los grandes simios. Las madres pasan casi toda su vida a solas con su cría más pequeña, que depende de ellas durante sus primeros siete años o más, de acuerdo con el Instituto Max Planck de Comportamiento Animal, que encabezó la investigación.
El dato que sostiene la idea es el tamaño del trabajo: el equipo reunió 32 mil horas de observación de 31 parejas de madre y cría a lo largo de 15 años, en la estación de investigación Tuanan, en la isla de Borneo, Indonesia.
Cómo se estudió a los orangutanes durante 15 años
Desde 2003, la investigadora Maria van Noordwijk y su equipo siguen a parejas de madre y cría habituadas a la presencia humana, a las que observan de la mañana a la noche. Los encuentros entre madres son raros y cautelosos; los adultos casi no se acercan entre sí. Las crías, en cambio, se lanzan a jugar en cuanto se ven: forcejean, se muerden en broma y se cuelgan de cabeza.
Van Noordwijk notó que esos días de juego parecían agotadores para las madres, pero necesitaba la técnica estadística adecuada para comprobarlo. El análisis lo hizo Odd Jacobson, investigador posdoctoral del Instituto Max Planck y primer autor del artículo, combinando el uso del espacio de cada madre con las características sociales de sus vecinas. Participaron también la Universidad de Zúrich, la Universitas Nasional de Indonesia y la Universidad Rutgers.
Qué encontraron: citas planeadas, no encuentros casuales
Las madres con crías de edades parecidas compartían más zonas del bosque, y esas crías jugaban juntas con más frecuencia, incluso después de descartar factores como el parentesco o la disponibilidad de fruta. “Las madres parecen emparejar a sus crías con compañeros de juego física y madurativamente adecuados”, explicó Jacobson en el comunicado del Instituto Max Planck.
El rastro más claro estuvo en los desplazamientos. Las madres caminaban más no solo el día del juego, sino también en los días cercanos. Desde la víspera se movían hacia el área central de la otra madre y, después del encuentro, regresaban hacia la suya. Para los autores, ese patrón indica que las citas no son casualidad, sino decisiones de movimiento de las madres.
Eso implica, según el estudio, que las orangutanas conocen bien a sus vecinas de toda la vida y saben quién tuvo cría y cuándo. Van Noordwijk lo describe como estar al tanto del “chisme del bosque”: además de un mapa mental de dónde hay comida, las madres llevarían otro de sus recursos sociales.
El costo para las madres y lo que aún no se sabe
El esfuerzo tiene precio. En los días asociados con estas citas, las madres dedicaron más tiempo a viajar y menos a alimentarse, una forma de inversión materna que había pasado inadvertida. “Revelamos un costo oculto de la vida solitaria”, resumió Van Noordwijk, autora sénior del trabajo.
Los propios investigadores ponen la escala en perspectiva: las citas de juego ocurrieron solo en 6% de los días en que se siguió a una pareja, más o menos una vez cada 20 días, y en esos días las crías jugaron con sus pares alrededor de 20 minutos en total.
Lo que sigue es averiguar si esa inversión da frutos. “Todavía no sabemos si el tiempo y la energía que las madres dedican a organizar estas citas les da a sus crías una ventaja más adelante en la vida”, señaló Sri Suci Utami Atmoko, coautora de la Universitas Nasional. El equipo considera que solo los estudios de largo plazo podrán responderlo.
La investigación se suma a otros hallazgos sobre la mente animal que hemos contado en Maya, como los animales que sorprenden a la ciencia por su capacidad mental o el estudio que mostró que los ajolotes distinguen aberturas incluso a oscuras.
Para Meg Crofoot, coautora y directora en el Instituto Max Planck, la lección también alcanza a las personas: evolucionamos para criar en grupos grandes, pero la vida moderna empuja hacia la soledad. Los orangutanes, dijo, recuerdan lo que se pierde cuando el contacto social escasea, porque alguien termina pagando el costo.



