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México entre el atril y Washington: la geopolítica toca la fábrica

Mientras la CEPAL discutía en la UNAM cómo ampliar la agencia de América Latina, el canciller mexicano negociaba en Washington. La coincidencia resume el dilema de México.

Por Editor web Maya Comunicación · 28 de agosto de 2026 · Lectura de 4 min

Foro diplomático en un anfiteatro histórico frente a una fábrica y corredor de exportación mexicanos.

El 26 de agosto de 2026, en el Anfiteatro Simón Bolívar del Antiguo Colegio de San Ildefonso, la CEPAL presentó en México el libro Rupturas y oportunidades: propuestas para que América Latina y el Caribe prospere en la nueva era geopolítica. Participaron Michelle Bachelet, el rector de la UNAM, Leonardo Lomelí; el secretario ejecutivo de la CEPAL, José Manuel Salazar-Xirinachs; y Brian Winter, editor de Americas Quarterly. Por el gobierno mexicano intervino la subsecretaria para América Latina y el Caribe, Raquel Serur Smeke. El canciller Roberto Velasco Álvarez no estaba en el recinto: ese mismo día se reunía en Washington con el secretario de Estado Marco Rubio. La coincidencia no es un detalle de agenda. Es el dilema del documento puesto en dos ciudades a la misma hora.

El informe no es un folleto de cumbre. Tiene 414 páginas y el símbolo LC/PUB.2026/10. Es resultado del trabajo de una comisión independiente convocada a finales de 2024, integrada por 13 personas de 12 países y copresidida por Bachelet y el expresidente colombiano Iván Duque. Su lanzamiento formal ocurrió el 4 de agosto en Santiago de Chile. México fue la escala académica y diplomática para discutir qué puede ganar el país con un orden mundial más fragmentado y competitivo.

¿Qué dice, en corto, el papel que todos aplaudieron? Que el orden internacional acumula rupturas simultáneas: la globalización convertida en herramienta de presión, el multilateralismo erosionado, la competencia entre potencias, la pelea por el poder blando, el retroceso democrático, la desinformación amplificada por inteligencia artificial y el desgaste de consensos sobre género y clima. Frente a eso, la comisión no propone encerrarse en un bloque. Propone ampliar opciones, evitar alineamientos rígidos, diversificar alianzas y fortalecer la capacidad de análisis. Lomelí resumió el reto en tres tableros de la acción exterior: seguridad, economía y valores.

Las cifras del propio informe son el gancho que el protocolo suele dejar en la última lámina. América Latina y el Caribe concentra 46% de las reservas mundiales de litio, 35% de las de cobre, 28% de las de grafito y 23% de las de tierras raras; alberga casi la mitad de la biodiversidad terrestre y un tercio del agua dulce del planeta. Es un mercado de más de 660 millones de personas, pero el comercio entre países de la región equivale apenas a 14% de sus exportaciones. Traducción de cocina: tenemos la despensa que el mundo se pelea y apenas nos vendemos entre vecinos.

Bachelet lo planteó sin metáfora de consultor: el mundo cambió y la región posee activos que otros necesitan —recursos naturales, capacidades productivas y humanas, mercado, una zona sin armas nucleares ni guerras entre Estados y un poder blando que suele subestimarse—. Salazar-Xirinachs habló de un “cambio de juego”. Winter sostuvo que el nuevo escenario abre una oportunidad para México y el hemisferio. Ana Covarrubias, Gerardo Esquivel, Beatriz Paredes y Rolando Cordera llevaron el texto al debate mexicano.

La contradicción práctica quedó servida. En San Ildefonso se hablaba de construir agencia latinoamericana; en Washington, Velasco y Rubio revisaban seguridad, tráfico de drogas y armas, delincuencia organizada, migración irregular y derechos de las personas mexicanas. Las dos conversaciones pueden ser necesarias a la vez. Lo que no conviene es fingir que son la misma política. México tiene una integración manufacturera profunda con América del Norte mientras intenta presentarse como puente hacia una región que comercia poco consigo misma.

Hay un humor seco de cancillería en esa escena. El informe advierte que Estados Unidos, China y la Unión Europea ya diseñan estrategias para asegurar minerales, infraestructura digital y cadenas productivas conforme a sus prioridades. México no es espectador de esa competencia: es territorio de ella. Sus plantas, su frontera, su posición logística, sus yacimientos y su capacidad tecnológica pueden convertirse en palancas de desarrollo o en piezas ajenas de una cadena de valor.

Para quien no entra a San Ildefonso, la pregunta es casera. Si el litio, el cobre, el agua y la fábrica de exportación valen más en este desorden, ¿quién captura esa renta: el fisco, la comunidad, la empresa instalada o el discurso de la unidad regional? La CEPAL identifica para México oportunidades en relocalización productiva, minerales críticos, tecnologías de frontera, diversificación comercial y poder blando. También advierte que ninguna se materializa sola: exige estrategia, instituciones y capacidad de negociación.

El documento reúne diez recomendaciones en tres pilares: movilizar activos estratégicos, fortalecer gobernanza e instituciones y ampliar la capacidad de agencia internacional. Lo que falta no es otro panel. Es que alguien, con lápiz de presupuesto y no de comunicado, diga cuáles de esas propuestas entrarán a la política comercial, minera, tecnológica y diplomática de México antes de que la próxima presión externa las deje en el atril de Simón Bolívar. ¿Se lo preguntará a la SRE o al jefe de piso de su planta?

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