México, centro del frijol: las cifras oficiales no se ponen de acuerdo
México concentra la mayor diversidad de Phaseolus, pero fuentes oficiales cuentan entre 52 y 70 especies: la diferencia exige una lista taxonómica común.

México es, con evidencia taxonómica y genética, el principal centro de diversidad del género Phaseolus: el frijol en sentido estricto, no el haba, la soya ni otras leguminosas que el habla cotidiana mete en el mismo costal. La frase suena a eslogan de feria y, sin embargo, describe un hecho biogeográfico. Lo que no describe un hecho cerrado es el apéndice numérico. Según la fuente, el país alberga 52, 57, 58 o hasta 70 especies. En una nación que se dice megadiversa, la falta de una lista pública común debería provocar más preguntas que aplausos.
El género surgió en América y sus especies silvestres se distribuyen desde el sur de Canadá hasta el norte de Argentina. Mesoamérica, sobre todo el occidente mexicano, concentra buena parte de esa riqueza. Jalisco, Durango y Oaxaca encabezan los registros nacionales; la península de Yucatán, Tabasco y Tlaxcala aparecen con menos especies. No es accidente de folclore: intervienen la montaña, la estacionalidad y millones de años de diversificación. El dato más estable del expediente no es el 58. Es el 31: treinta y una especies que, hasta ahora, no se han documentado fuera de México.
¿Por qué entonces cada dependencia saca su propio costal? En 2015, los botánicos Alfonso Delgado-Salinas y Susana Gama-López escribieron que México tenía 52 especies de unas 65 reconocidas entonces en el género. Agricultura e INIFAP retomaron en abril de 2026 la cifra de 52. El portal de CONABIO habla de 57 especies mexicanas y utiliza un total cercano a 150 “frijoles” en el mundo, una cuenta cuyo alcance no coincide con las listas taxonómicas estrictas de Phaseolus. El SNICS cita desde 2017 una estimación de 70 especies en el país. Y una revisión de Daniel Debouck publicada en 2021 reconoció 81 especies americanas y advirtió que el inventario todavía podía cambiar.
El famoso “58 de unas 70 especies de América” tampoco salió de la nada: aparece en un informe de proyecto alojado por CONABIO. Pero es una estimación dentro de un paisaje taxonómico móvil, no una matrícula definitiva. El problema no es que la ciencia revise sus listas; para eso sirve la ciencia. El problema es que las instituciones mezclen años, criterios y alcances distintos sin explicar al público qué cambió. Así, una cifra provisional termina convertida en eslogan y el eslogan, por repetición, en aparente certeza.
Aquí viene la analogía de cocina, porque si la cifra no baja a la cazuela sirve de poco. Tener 52 o 70 especies de Phaseolus no significa tener 52 o 70 marcas de frijol negro en el supermercado. Significa contar con parientes silvestres que pueden portar tolerancia a sequía, plagas, hongos o altura, además de cinco especies domesticadas: el común (P. vulgaris), el ayocote (P. coccineus), el ib o comba (P. lunatus), el tépari (P. acutifolius) y el gordo o acalete (P. dumosus). De esas cinco, al menos cuatro fueron domesticadas en México.
El resto del costal —decenas de especies silvestres, muchas de distribución pequeña y algunas conocidas en muy pocos sitios— no llega directamente al plato. Llega, si acaso, al banco de germoplasma. O se pierde en un cambio de uso de suelo. El Centro Nacional de Recursos Genéticos del INIFAP resguardaba, al corte informado en 2026, 10 mil 978 accesiones de 29 especies, con predominio del frijol común. Es un número respetable y, al mismo tiempo, una advertencia: la riqueza está en el monte y en la milpa, no solamente en una cámara de conservación.
Quien crea que “ya está guardado” porque existen casi once mil accesiones confunde un seguro de vida con el pueblo entero. Los propios materiales silvestres son los más difíciles de representar en una colección: viven en poblaciones pequeñas, en hábitats específicos y bajo presiones que no caben en un sobre. Conservar ex situ protege semillas; conservar in situ mantiene relaciones con clima, suelos, polinizadores y selección natural. Una estrategia no reemplaza a la otra.
La pregunta incómoda es sencilla: si CONABIO, SNICS, Agricultura e INIFAP no presentan la misma cuenta, ¿con qué lista se decide qué especie entra a un programa de conservación y cuál queda como nota al pie de un cartel? El consumidor urbano compra negro Jamapa, pinto, flor de mayo, mayocoba o peruano. Son variedades comerciales, en gran medida, de una sola especie con muchos disfraces. La soberanía alimentaria empieza aquí por no confundir variedad con especie, ni comunicación institucional con inventario taxonómico.
El cierre no es un hurra. Es una tarea: publicar una lista nominal, fechada y con criterio taxonómico explícito; financiar la conservación en campo; reconocer la semilla nativa y ampliar la representación de los parientes silvestres. El frijol ha sobrevivido milenios de selección campesina y probablemente sobrevivirá otra inconsistencia de oficina. El hábitat, no. Si México es el centro, ¿cuántas de esas especies puede nombrar quien firma el boletín? Y usted, en su colonia, ¿sigue comprando un solo color?


