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Cultura

Códice Boturini: las huellas que salieron de Aztlán

Una larga fila de huellas conserva el viaje con el que los mexicas explicaron su origen y su destino en el Valle de México.

Por Editor web Maya Comunicación · 18 de julio de 2026 · Lectura de 6 min

Yo vi partir a los primeros cuando Aztlán todavía flotaba en la memoria como una garza blanca sobre el agua.

No llevaban ciudades ni palacios. Tampoco cargaban un imperio sobre los hombros. Llevaban bultos sagrados, arcos, semillas, nombres y la voz de un dios que les pedía caminar. Cada paso fue quedando sobre mi piel como si los hombres hubieran aprendido a escribir con los pies.

Los vi abandonar una isla, cruzar caminos desconocidos y detenerse durante años en lugares cuyo nombre guardaron como quien protege las brasas de un fogón. Los vi separarse de otros pueblos y aceptar que su destino no estaba detrás, sino adelante.

Yo no terminé de contar la historia. Mi camino se interrumpe antes de que aparezca la ciudad prometida. Pero mis huellas todavía avanzan.

El relato de una nación en movimiento

El Códice Boturini, también conocido como Tira de la Peregrinación, es uno de los documentos fundamentales para estudiar la historia de los mexicas. Su narración comienza con la salida de Aztlán y sigue el desplazamiento de aquel grupo hasta su llegada a las inmediaciones del Valle de México.

El manuscrito no presenta a los mexicas como los gobernantes de un imperio, sino como un pueblo migrante, vulnerable y todavía sujeto a fuerzas políticas más poderosas. Esa característica lo convierte en una pieza excepcional: registra el tiempo anterior a Tenochtitlán, cuando la identidad mexica estaba construyéndose durante el viaje.

La versión conservada fue elaborada durante el periodo colonial temprano, posiblemente en la primera mitad del siglo XVI. Está pintada sobre papel de amate y se compone de 22 láminas que, unidas, forman una tira plegada en biombo de aproximadamente 5.49 metros. Actualmente permanece bajo custodia de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, en la Ciudad de México.

Se desconoce el nombre de su autor o de sus autores. Lo más probable es que fuera realizado por un tlacuilo, palabra náhuatl empleada para designar a quien escribía pintando. El tlacuilo no era solamente un ilustrador: conocía convenciones gráficas, genealogías, calendarios, topónimos y relatos transmitidos por especialistas de la memoria.

¿Qué cuenta el Códice Boturini?

El códice comienza con una imagen que ha alimentado siglos de discusión: Aztlán, el lugar originario de los mexicas. Desde allí parte un personaje en canoa. Después aparecen los grupos que emprenden la migración y una sucesión de caminos representados mediante huellas humanas.

Las huellas no son un adorno. Funcionan como verbos. Indican movimiento, dirección, salida y llegada. En el lenguaje visual mesoamericano, caminar también era escribir.

El manuscrito registra distintas estaciones migratorias mediante glifos de lugar, años calendáricos, templos, cerros, plantas y personajes. En algunos sitios, los mexicas permanecen por periodos prolongados. El viaje, por lo tanto, no debe entenderse como una marcha continua, sino como un proceso de desplazamientos, asentamientos temporales, conflictos y reconfiguraciones políticas.

Uno de sus episodios centrales es la separación de los mexicas respecto de otros pueblos migrantes. La tradición señala que su dios tutelar, Huitzilopochtli, les ordenó apartarse y asumir una identidad propia. En ese momento, el viaje deja de ser solamente geográfico: se convierte en una transformación colectiva.

El códice también muestra el bulto sagrado que representaba la presencia de Huitzilopochtli. El dios no necesitaba caminar con un cuerpo visible; viajaba mediante su envoltorio ritual y a través de sus sacerdotes. Para los mexicas, los objetos sagrados podían contener una presencia activa, una fuerza capaz de orientar decisiones políticas y militares.

La narración conservada termina cuando los migrantes se encuentran en Chapultepec, antes de la fundación de México-Tenochtitlán. Esta interrupción ha generado diversas hipótesis. Algunos especialistas consideran que el documento quedó inconcluso; otros plantean que pudieron perderse láminas o que la historia debía continuar en otra fuente.

¿Por qué fue elaborado?

No existe una respuesta definitiva. Pudo realizarse para preservar una tradición histórica anterior a la Conquista, para explicar a las autoridades coloniales el origen de los mexicas o para legitimar la memoria de determinados linajes indígenas.

El códice fue producido en un momento en que el mundo antiguo había sufrido una fractura política y religiosa. Tenochtitlán había caído, los templos habían sido destruidos y las instituciones coloniales reorganizaban el territorio. Registrar la migración permitía demostrar que los mexicas poseían una historia propia, anterior a la llegada española.

También podía funcionar como documento de identidad. En la sociedad novohispana, los relatos de origen, genealogías y derechos territoriales adquirieron utilidad jurídica. Recordar de dónde venía un pueblo podía ayudar a defender el lugar que ocupaba.

La cosmovisión detrás de las huellas

El Códice Boturini muestra que, para los mexicas, el espacio no era una extensión vacía. Cada cerro, cueva, manantial o árbol podía guardar una historia, una fuerza divina o una obligación ritual.

El tiempo tampoco avanzaba como una línea uniforme. Los años estaban identificados por signos calendáricos y formaban parte de ciclos que relacionaban los acontecimientos humanos con un orden cósmico.

Aztlán puede interpretarse simultáneamente como lugar histórico, territorio mítico y principio identitario. La mentalidad mesoamericana no separaba necesariamente mito e historia de la manera en que lo hace la historiografía moderna. Un relato podía explicar un desplazamiento real y, al mismo tiempo, revelar la voluntad de los dioses.

La migración otorgaba sentido al sufrimiento. El hambre, la guerra y la subordinación no eran únicamente desgracias: eran pruebas dentro de un destino anunciado. Desde esa perspectiva, la grandeza posterior de Tenochtitlán no surgió por accidente. Era la culminación de un recorrido sagrado.

¿Cómo llegó hasta nosotros?

El códice recibió el nombre de Lorenzo Boturini Benaducci, coleccionista e investigador italiano que reunió numerosos documentos indígenas durante el siglo XVIII. Las autoridades novohispanas confiscaron su colección en 1743, y sus materiales pasaron por distintas instituciones antes de integrarse al acervo nacional.

El manuscrito sobrevivió a traslados, pérdidas documentales y cambios políticos. Hoy puede consultarse también mediante una edición digital desarrollada por el INAH, que permite estudiar sus láminas y la estructura de la escritura pictográfica.

Una historia escrita con pasos

El Códice Boturini no muestra el esplendor de los grandes templos ni las riquezas del imperio. Su protagonista es un pueblo que todavía busca un sitio donde vivir.

Esa fragilidad es su fuerza. Nos recuerda que antes de convertirse en la potencia dominante del centro de México, los mexicas construyeron su identidad caminando. Las pequeñas huellas negras que recorren el amate no representan solamente pies humanos: son el hilo con el que una comunidad cosió su pasado a su destino.

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