Zafarrancho en el Senado: cuando el patio se convirtió en ring y las conferencias en espectáculo de fondo
Dos conferencias de prensa se interrumpieron este martes en el Patio del Federalismo del Senado cuando los diputados Arturo Ávila y Carlos Gutiérrez Mancilla protagonizaron un forcejeo a gritos y empujones frente a decenas de cámaras.

Fotos y texto Bruno Cortés
Este martes 12 de agosto de 2026, el Patio del Federalismo del Senado de la República ofreció una de esas funciones que solo la política mexicana sabe montar sin ensayo. Mientras la Comisión Permanente sesionaba adentro, afuera se armaba un desfile de egos, micrófonos y cámaras que terminaría en empujones.
El grupo parlamentario del PAN, encabezado por su presidente nacional Jorge Romero, ya estaba listo para dar su conferencia de prensa. Al mismo tiempo, Manuel Añorve, coordinador de los senadores del PRI, se encontraba frente a los reporteros ofreciendo la suya. Los panistas esperaban con paciencia de quien sabe que en este país las filas siempre se rompen. Fue en ese exacto instante, cuando las dos conferencias casi se pisaban, que salió del pleno Arturo Ávila, vocero de Morena en la Cámara de Diputados.

Apenas dio unos pasos cuando Carlos Gutiérrez Mancilla, diputado del PRI que estaba parado justo al lado de Añorve, se le lanzó encima. No hubo saludo, no hubo preámbulo. Solo el roce de dos voluntades que decidieron convertir el patio en un ring improvisado. Gutiérrez Mancilla empezó a increparlo de frente, con el dedo levantado y la voz alta:
—¿Vas a amenazar? ¿Me vas a mandar a matar? —Eres el vocero del narco. —Representas al crimen organizado.
Ávila respondió con el cuerpo y la mirada, mientras intentaba zafarse:
—No me toques. —Eres el porro de Alito. —Te manda tu patrón.

En segundos, lo que era una simple salida del pleno se transformó en un forcejeo rodeado de decenas de celulares, cámaras profesionales y micrófonos que se metían entre los cuerpos como si fueran parte del espectáculo. Las imágenes lo muestran todo: los dos hombres casi nariz con nariz, el gesto tenso de Ávila, la furia contenida de Gutiérrez Mancilla, las manos que intentan separarlos y el enjambre de periodistas que, lejos de retroceder, se acercaban más. El video captura el momento en que los empujones se vuelven más firmes, las acusaciones cruzan el aire y el patio, que minutos antes albergaba dos eventos formales, se convierte en un caos de voces y flashes.

Las dos conferencias de prensa quedaron literalmente a un lado, como telón de fondo de una pelea que nadie había anunciado pero que todos grabaron. Lo interesante —y lo que no se ve del todo en las imágenes— es el momento elegido. Gutiérrez Mancilla no estaba solo: se encontraba junto a Añorve mientras este hablaba. Ávila salía del pleno justo cuando el PAN esperaba su turno. El resultado fue inmediato: la atención de los medios se desvió del mensaje que ambos grupos pretendían dar y se concentró en el choque. Como si alguien hubiera calculado que un buen altercado es más redituable que cualquier declaración preparada.

El forcejeo se prolongó varios minutos. Hubo jalones, acercamientos peligrosos y la inevitable intervención de quienes intentaban separarlos. Al final, Ávila se retiró hacia las oficinas de Morena y Gutiérrez Mancilla se quedó frente a las cámaras, endureciendo el tono y repitiendo que “este es el vocero del narco” y que “quiere censurar a la oposición”. Las dos conferencias, la del PRI y la del PAN, terminaron diluidas. El patio quedó con el sabor amargo de siempre: mucho ruido, poca sustancia y la certeza de que, en este edificio, el espectáculo suele ganar a la política.
Uno se pregunta, con cierta dosis de humor negro, si el verdadero ganador del día no fue ninguno de los dos protagonistas, sino el algoritmo de las redes. Porque mientras unos se empujaban y otros intentaban recuperar el control de sus mensajes, los videos ya circulaban, los titulares se escribían solos y la gente en casa se entretenía con el enésimo capítulo de “Legisladores en su hábitat natural”.

Al final, el Patio del Federalismo volvió a demostrar que, en la política mexicana, a veces el mejor plan de comunicación es no tener plan… y dejar que el caos haga el trabajo.

















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