Prensa bajo fuego: 2026 arranca sangriento tras un 2025 de terror

Por Bruno Cortés
El asesinato del reportero Carlos Castro en Veracruz inaugura otro año letal para el gremio; tras cerrar 2025 con nueve colegas caídos, la violencia no da tregua ni con chaleco antibalas.
Apenas nos estamos sacudiendo la cruda moral del 2025 y la realidad nos vuelve a soltar un derechazo en la mandíbula. El año arrancó bravo en Poza Rica, Veracruz, donde el pasado 8 de enero las balas silenciaron a Carlos Castro, director de Código Norte. No habían pasado ni doce días del recalentado de Año Nuevo cuando la estadística de agresiones ya marcaba números rojos. La cosa está que arde y, como dicen en mi barrio, «aquí no se salva ni el que carga escapulario».
Si echamos ojo al retrovisor, el balance del 2025 es para ponerse a llorar. Según el reporte que soltó Reporteros Sin Fronteras (RSF) en diciembre pasado, México se colgó la vergonzosa medalla de plata a nivel mundial en letalidad para la prensa, solo superado por zonas de guerra abierta como Gaza. Nueve periodistas asesinados en doce meses. Nueve libretas que se quedaron a medias, desde Roberto Carlos Figueroa hasta Mauricio Cruz Solís. Y aunque los de arriba juren que «no somos iguales», los números fríos nos dicen que ejercer el periodismo aquí sigue siendo un deporte extremo.
Pero ojo, que el plomo no es la única forma en que nos están cazando. El 2025 nos dejó una nueva «moda» entre la clase política que tiene la piel muy delgada: el acoso judicial. Artículo 19 reportó un aumento del 143% en demandas contra comunicadores. Ahora resulta que si publicas una investigación incómoda, no te mandan un citatorio, te avientan todo el Código Penal encima. Estados como Campeche y Veracruz se han vuelto expertos en usar la ley como garrote para que uno le baje dos rayitas a la crítica.
La situación actual, a febrero de 2026, pinta para estar «color de hormiga». Animal Político soltó el dato de que se registra una agresión contra la prensa cada 16 horas. Ya no es solo el narco el que te pone el dedo; son funcionarios públicos, policías municipales y hasta los «madrinas» los que te bloquean la chamba. La impunidad sigue siendo la reina del baile, con un 95% de los casos durmiendo el sueño de los justos en los archiveros de las fiscalías.
Y no nos hagamos rosca con el Mecanismo de Protección. Aunque se le inyectó presupuesto para este 2026, la burocracia sigue siendo un lastre. Los botones de pánico sirven para dos cosas: para nada y para lo mismo. Los colegas desplazados llegan a la CDMX buscando refugio y se encuentran con que el trámite para que les den medidas cautelares es más lento que un trámite en el SAT en quincena.
El escenario se complica con el «caldo de cultivo» de violencia generalizada que vimos en enero. Con el secuestro de mineros en Sinaloa y las emboscadas en Zacatecas, cubrir la nota roja se ha vuelto misión imposible. Hay zonas de silencio donde el que publica, perece. Los editores en los estados ya aplican la autocensura no por gusto, sino por pura supervivencia. «Mejor aquí corrió que aquí quedó», dicen, y no se les puede culpar.
Lo más triste es ver cómo se normaliza la tragedia. Sale la nota del asesinato, las autoridades condenan los hechos «enérgicamente» (esa palabrita que ya gastaron de tanto usarla), prometen que no habrá impunidad, y a la semana siguiente, si te vi ni me acuerdo. La Fiscalía de Veracruz dice que ya investiga el caso de Castro, pero del dicho al hecho, hay mucho trecho.
Para los que andamos a pie de calle, con la grabadora y la cámara, el mensaje es claro: estamos solos. El 2026 apenas gatea y ya nos enseñó los dientes. Si la estrategia de seguridad no da un golpe de timón real y deja de ser pura retórica mañanera, este año amenaza con romper los récords macabros del anterior.
Así que, querido lector, cuando lea una nota valiente sobre corrupción o crimen, valórela. Detrás de esas letras hay alguien que se está jugando el pellejo en un país donde la verdad es el insumo más caro y peligroso del mercado.
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