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PISA 2025: México resiste el retroceso global, pero siete de cada diez estudiantes quedan debajo del nivel básico en matemáticas

La OCDE reporta que sólo 30% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel básico en matemáticas en PISA 2025; el diagnóstico combina retroceso, resiliencia y carencias estructurales.

Por Editor web Maya Comunicación · 8 de septiembre de 2026 · Lectura de 7 min

La OCDE reporta una caída de siete puntos en el resultado mexicano de matemáticas frente a 2022. La curiosidad y la perseverancia de los estudiantes, así como el apoyo docente, no alcanzan para compensar las carencias de aprendizaje, materiales e infraestructura.

Por Redacción Maya Comunicación
8 de septiembre de 2026

La nueva edición del Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos (PISA) deja a México ante una paradoja incómoda: el país conserva señales de compromiso entre sus estudiantes y docentes, pero no consigue convertir esa disposición en aprendizajes básicos. El informe publicado este 8 de septiembre por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) muestra que el desempeño mexicano fue menor que en 2022 en matemáticas y prácticamente estable en lectura y ciencias.

Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE, participó en la presentación internacional de los resultados. El apartado específico de México combina el diagnóstico de desempeño con preguntas sobre curiosidad, perseverancia, apoyo docente y condiciones escolares; por eso la fotografía es más compleja que una tabla de posiciones.

PISA no es un examen censal. Evalúa mediante una muestra cuidadosamente seleccionada a estudiantes de 15 años que están en la escuela. En 2025 participaron más de 760 mil jóvenes de 91 países y economías, equivalentes a unos 33 millones de alumnos, según la presentación oficial de la OCDE. En el caso mexicano, la organización confirmó que se cumplieron sus estándares de calidad y que los datos son aptos para reportarse.

El dato que concentra la alarma está en matemáticas: sólo 30% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel 2 o superior, considerado el umbral básico de competencia; el promedio de la OCDE fue de 65%. Dicho de otra manera, siete de cada diez jóvenes evaluados quedaron por debajo de ese nivel. Llegar al nivel 2 no significa dominar las matemáticas: implica, como mínimo, reconocer cómo representar matemáticamente una situación sencilla, comparar distancias o convertir un precio a otra moneda.

El promedio mexicano fue de 388 puntos en matemáticas, siete menos que en 2022 y 75 por debajo del promedio de la OCDE, que se ubicó en 463. En lectura, México obtuvo 408 puntos, también siete menos que en la edición anterior; en ciencias alcanzó 414 puntos, cuatro más que en 2022, aunque el cambio no es estadísticamente significativo. La brecha internacional sigue siendo amplia: apenas 50% de los estudiantes mexicanos llegó al nivel básico en lectura y otro 50% lo hizo en ciencias, frente a 69% y 74% en la OCDE, respectivamente.

La serie histórica ayuda a dimensionar el problema. En matemáticas, México pasó de 385 puntos en 2003 a alrededor de 419 en 2009; después inició un retroceso que llevó el resultado a 408 en 2015, 409 en 2018, 395 en 2022 y 388 en 2025. La serie histórica de la OCDE muestra que la caída reciente revirtió buena parte de las ganancias obtenidas entre 2003 y 2009. La OCDE calcula que, frente a 2015, la proporción de alumnos debajo del nivel 2 aumentó 13 puntos porcentuales en matemáticas y ocho en lectura.

Hay, sin embargo, un matiz que no debe utilizarse para maquillar el resultado ni para ignorarlo. Entre 2015 y 2025 aumentó más rápido el número de jóvenes mexicanos elegibles para presentar PISA que la población total de 15 años. La OCDE interpreta que la expansión de la educación secundaria incorporó a más estudiantes de poblaciones históricamente marginadas; por ello, parte del descenso aparente en los promedios refleja un sistema que amplió su cobertura. Aun con esa consideración, el desempeño absoluto es insuficiente y la organización advierte que los estudiantes favorecidos también retrocedieron, aunque menos de lo que sugiere la comparación simple de medias.

La evidencia tampoco respalda la idea de una generación desinteresada. Ocho de cada diez estudiantes en México dijeron sentir curiosidad por muchas cosas, frente a 73% en la OCDE, y 76% reportó que hace un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve difícil, contra 60% en el promedio internacional. Sólo 11% considera que la escuela ha sido una pérdida de tiempo. La OCDE encontró que curiosidad, perseverancia y valoración de la escuela se relacionan con mejores resultados en ciencias; no son, por sí mismas, una garantía de aprendizaje, pero sí un punto de apoyo que el sistema no está aprovechando.

También existe una señal favorable en el vínculo con los docentes. El 81% de los estudiantes afirmó que, en la mayoría de las clases de ciencias, su profesor se interesa por el aprendizaje de cada alumno; 77% dijo que el docente continúa hasta que el grupo entiende y 83% que ofrece ayuda adicional cuando se necesita. En los tres indicadores México supera el promedio de la OCDE. No obstante, el apoyo docente disminuyó respecto de 2015 en dos de esas dimensiones, y la propia OCDE señala que el clima disciplinario no mejoró de manera significativa.

Las condiciones materiales muestran por qué la buena voluntad no basta. En 2025, 48% de los estudiantes estaba en escuelas cuyos directores reportaron que la falta de materiales educativos obstaculizaba la enseñanza al menos en alguna medida, y 50% asistía a planteles con problemas de infraestructura física. Además, 41% se encontraba en escuelas con carencia de personal de apoyo. Son porcentajes que convierten el aprendizaje en una carrera desigual: el docente puede sostener una relación de confianza, pero no sustituye un laboratorio, una biblioteca, conectividad estable o un edificio digno.

La desigualdad atraviesa cada resultado. Los estudiantes mexicanos del cuartil socioeconómico más favorecido superaron por 68 puntos en ciencias a los del cuartil más desfavorecido. La brecha es menor que el promedio de 85 puntos de la OCDE, pero continúa siendo decisiva. Doce por ciento de los jóvenes desfavorecidos logró colocarse en el cuartil superior de desempeño científico; esa resiliencia académica demuestra que el origen social no determina el destino, aunque también revela que esos casos siguen siendo excepcionales y no una política pública generalizada.

El artículo 3º constitucional obliga a leer estos datos como una responsabilidad pública, no como un juicio sobre la capacidad o la voluntad de los adolescentes. El texto vigente establece que la educación será de excelencia, entendida como el mejoramiento integral constante que promueve el máximo logro de aprendizaje, y reconoce a las maestras y los maestros como agentes fundamentales del proceso educativo. La Constitución publicada por la Cámara de Diputados convierte esa promesa en un parámetro exigible. PISA no mide por sí sola el cumplimiento constitucional, pero sí ofrece una señal internacional de que la mayoría no está alcanzando competencias elementales.

El nuevo entorno digital añade urgencia. Casi la mitad de los estudiantes mexicanos (47%) dijo utilizar chatbots de inteligencia artificial para ayudarse a aprender al menos una vez por semana; 35% los usa para redactar tareas y 40% para investigar un tema nuevo. La OCDE advierte que la relación entre IA y rendimiento es compleja: el uso frecuente puede ayudar cuando se acompaña de alfabetización para evaluar la información, pero sustituir el esfuerzo o la comprensión puede profundizar la brecha. México necesita enseñar a usar estas herramientas sin permitir que funcionen como atajo para evitar aprender.

La conclusión crítica es doble. Es injusto describir a los jóvenes mexicanos como una generación que no quiere aprender: los propios cuestionarios muestran curiosidad, perseverancia, valoración de la escuela y disposición a pedir ayuda. Pero también es insuficiente celebrar esa resiliencia mientras siete de cada diez estudiantes no alcanzan el nivel básico en matemáticas y casi la mitad queda debajo del mínimo en lectura y ciencias. Después de 25 años de evaluaciones, reformas y discursos, el reto no es producir otra explicación, sino garantizar que el compromiso de alumnos y docentes se traduzca en dominio efectivo de lo elemental. La deuda educativa del Estado mexicano no se salda con una buena narrativa: se mide en aprendizajes que todavía no llegan al aula.

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