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Empezar a usar redes sociales más joven se relaciona con más ansiedad y depresión en adolescentes

Por Editor web Maya Comunicación · 1 de septiembre de 2026 · Lectura de 8 min

¿A qué edad debería un niño comenzar a utilizar redes sociales? La pregunta ha dejado de ser únicamente un asunto familiar para convertirse en uno de los grandes debates sobre infancia, tecnología y salud mental. Un nuevo estudio realizado en Australia aporta más datos a esta discusión al encontrar que una edad más temprana de inicio en las redes sociales se relaciona con mayores síntomas de ansiedad y depresión durante la adolescencia.

La investigación analizó a 365 jóvenes de entre 10 y 15 años, con una edad promedio de 12.8 años, y fue realizada pocas semanas antes de que entrara en vigor en Australia una de las restricciones más estrictas del mundo para limitar el acceso de menores de 16 años a determinadas plataformas digitales.

Los resultados, publicados en JAMA Network Open, no demuestran que las redes sociales sean directamente responsables de los problemas de salud mental. Sin embargo, los investigadores encontraron un patrón que resulta especialmente relevante: entre más temprano comenzaba el uso de estas plataformas, mayores eran los síntomas de ansiedad y depresión reportados por los adolescentes.

El hallazgo adquiere mayor importancia porque coincide con una creciente cantidad de investigaciones internacionales que estudian los posibles efectos de la exposición temprana a las plataformas digitales.

La edad de inicio aparece como una pieza clave

Los investigadores australianos recopilaron información entre el 25 de octubre y el 9 de diciembre de 2025, es decir, durante las semanas previas a la aplicación de la nueva regulación.

Del grupo estudiado, alrededor de 70% había utilizado redes sociales alguna vez, mientras que cerca de la mitad contaba con una cuenta propia. La edad promedio en la que los participantes dijeron haber comenzado a utilizar estas plataformas fue de aproximadamente 11 años.

Cuando los científicos analizaron los datos, encontraron que los adolescentes que ya habían utilizado redes sociales presentaban más síntomas de ansiedad y depresión que aquellos que nunca las habían utilizado.

Pero la relación más consistente apareció al observar la edad de inicio. Los jóvenes que habían comenzado a utilizar las plataformas a edades más tempranas tendían a reportar mayores niveles de síntomas relacionados con ambos problemas de salud mental.

El hecho de tener una cuenta propia también se relacionó con mayores síntomas de ansiedad. En el caso de la depresión, esta asociación no fue igual de clara.

Estos resultados no significan que todos los niños que utilizan redes sociales desarrollarán ansiedad o depresión. La salud mental adolescente depende de numerosos factores, como el entorno familiar, las relaciones sociales, el sueño, la situación escolar, las experiencias personales y las características individuales.

Por ello, el estudio debe interpretarse como evidencia de una asociación, no como una prueba de causalidad.

Un metaanálisis con más de 363 mil jóvenes encontró un patrón similar

La investigación australiana forma parte de una conversación científica mucho más amplia. Un metaanálisis internacional publicado meses atrás reunió información procedente de 153 estudios longitudinales y más de 363 mil niños y adolescentes.

A diferencia del estudio australiano, cuya muestra fue mucho más pequeña y se concentró en una población específica, ese análisis permitió observar el fenómeno a una escala considerablemente mayor.

Sus resultados también encontraron asociaciones persistentes entre el uso de redes sociales y un mayor riesgo de depresión, ansiedad, autolesiones y dificultades socioemocionales.

Una de las observaciones que llamó especialmente la atención fue que la relación parecía más evidente entre los adolescentes de 12 a 15 años, precisamente una etapa en la que ocurren importantes cambios sociales, emocionales y del neurodesarrollo.

La coincidencia entre ambos trabajos no demuestra que exista una única causa detrás del deterioro de la salud mental adolescente, pero sí refuerza el interés científico por investigar no solo cuánto tiempo pasan los jóvenes en redes sociales, sino también cuándo comienzan a utilizarlas y qué tipo de experiencias tienen en ellas.

¿Por qué las redes pueden afectar de manera diferente a los adolescentes?

Las plataformas sociales forman parte de la vida cotidiana de millones de jóvenes. Permiten mantener contacto con amigos, encontrar comunidades con intereses similares, expresarse y acceder a entretenimiento e información.

Sin embargo, también pueden introducir determinadas experiencias que resultan especialmente relevantes durante la adolescencia.

La comparación social es una de ellas. Las plataformas suelen mostrar versiones cuidadosamente seleccionadas de la vida de otras personas, lo que puede llevar a algunos jóvenes a comparar su apariencia, popularidad, relaciones o estilo de vida con imágenes que no necesariamente reflejan la realidad completa.

También existe la exposición permanente a comentarios, aprobación social, rechazo, contenidos violentos o inapropiados y dinámicas de interacción que pueden resultar difíciles de manejar a edades tempranas.

A esto se suma el potencial impacto sobre el descanso. El uso nocturno de dispositivos y la necesidad de mantenerse conectado pueden interferir con los horarios de sueño, un factor estrechamente relacionado con el bienestar emocional durante la adolescencia.

Por supuesto, no todos los adolescentes experimentan estos efectos de la misma manera. La forma en que se utilizan las plataformas puede ser tan importante como el tiempo de exposición.

Australia decidió limitar el acceso antes de los 16 años

El estudio también resulta relevante por el momento en que fue realizado. Australia se convirtió en uno de los primeros países en establecer una regulación nacional destinada a impedir que menores de 16 años tengan cuentas en determinadas redes sociales.

La medida puso en el centro del debate a plataformas como Facebook, Instagram, Snapchat y TikTok, y obligó a las empresas tecnológicas a implementar mecanismos razonables para evitar que los menores de esa edad mantengan cuentas.

La decisión se justificó, entre otros factores, por la preocupación existente alrededor de la salud mental de niños y adolescentes y por los posibles riesgos asociados con determinadas características de las plataformas digitales.

Pero la prohibición también generó un debate importante. Para muchos jóvenes, las redes sociales no son simplemente una fuente de entretenimiento, sino un espacio donde mantienen amistades, participan en comunidades y construyen parte de su identidad.

Por ello, establecer una edad mínima no resuelve por sí mismo todas las dificultades relacionadas con el entorno digital.

Tres de cada cuatro adolescentes querían seguir utilizando redes

Uno de los datos más llamativos del estudio australiano tiene que ver precisamente con la dificultad de aplicar una restricción de este tipo.

Solo 25% de los adolescentes encuestados afirmó que dejaría completamente las redes sociales después de la entrada en vigor de la norma.

En contraste, alrededor de 75% dijo que planeaba seguir utilizándolas de alguna manera.

Los investigadores tampoco encontraron una relación clara entre los niveles de ansiedad o depresión de los participantes y su intención de cumplir con la restricción. Es decir, presentar más síntomas no parecía determinar de manera evidente si un adolescente estaba dispuesto a abandonar las plataformas.

Este resultado revela uno de los grandes desafíos de cualquier regulación tecnológica dirigida a menores: las leyes pueden establecer límites, pero no necesariamente modifican de inmediato los hábitos digitales.

Además, el estudio midió las intenciones de los participantes antes de la entrada en vigor de la normativa, por lo que todavía era necesario observar qué ocurría en la práctica una vez implementada.

El estudio tiene limitaciones importantes

Aunque los resultados son relevantes, los propios investigadores reconocen que existen varios factores que deben tomarse en cuenta antes de generalizarlos.

La investigación se realizó con 365 adolescentes urbanos de Australia, muchos de ellos pertenecientes a sectores socioeconómicos relativamente favorecidos. Esto significa que los resultados podrían no representar de la misma manera a jóvenes de otras regiones, contextos económicos o características sociales.

Además, la investigación analizó la situación en un momento concreto, justo antes de la aplicación de la nueva normativa. Por ello, no permite determinar si la prohibición modificará posteriormente los niveles de ansiedad y depresión de los adolescentes.

También será necesario observar si los jóvenes realmente abandonan las plataformas, si migran hacia otros servicios, si encuentran mecanismos para continuar utilizándolas o si reducen su tiempo de exposición.

Ese seguimiento será particularmente importante para evaluar si una restricción legal produce los efectos que sus promotores esperan.

El debate ya no es solamente cuánto tiempo pasan frente a una pantalla

Durante años, buena parte de la discusión sobre tecnología y niños se concentró en una pregunta sencilla: ¿cuántas horas al día pasan frente a una pantalla?

La investigación más reciente plantea un escenario mucho más complejo.

Ahora los científicos también están estudiando a qué edad comienza la exposición, qué plataformas utilizan los menores, qué contenidos consumen, cómo interactúan con otros usuarios y qué impacto tiene esa experiencia sobre su sueño, autoestima y relaciones sociales.

El estudio australiano aporta precisamente en esa dirección. Sus resultados sugieren que la edad de inicio podría ser un factor importante, especialmente cuando el contacto con las redes ocurre durante una etapa de cambios emocionales y sociales particularmente intensos.

Esto tampoco significa que retrasar el acceso sea una garantía contra la ansiedad o la depresión. Los problemas de salud mental tienen múltiples causas y ningún estudio puede reducirlos a un solo comportamiento.

Pero sí plantea una pregunta que cada vez adquiere mayor relevancia: si las redes sociales forman parte inevitable del mundo de los adolescentes, cómo y cuándo deberían comenzar a utilizarlas para reducir los posibles riesgos sin privarlos de sus beneficios?

Australia decidió responder a esa pregunta con una regulación para menores de 16 años. Ahora, el seguimiento de sus efectos y nuevas investigaciones como la realizada antes de la prohibición permitirán conocer si esa estrategia consigue modificar realmente los hábitos digitales y, sobre todo, si puede contribuir a proteger el bienestar emocional de las nuevas generaciones.

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