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Comer demasiada sal podría dañar el hígado: científicos advierten sobre la inflamación y la fibrosis

Por Editor web Maya Comunicación · 27 de octubre de 2026 · Lectura de 8 min

El consumo excesivo de sal suele relacionarse con la presión arterial alta y las enfermedades cardiovasculares, pero sus efectos podrían extenderse también al hígado. Una investigación reciente realizada en ratones encontró que una alimentación rica en grasas y sodio puede favorecer procesos de inflamación y formación de tejido cicatricial, mecanismos relacionados con la progresión de algunas enfermedades hepáticas.

Los resultados, publicados en la revista científica Molecular Metabolism, plantean nuevas preguntas sobre la manera en que la alimentación influye en el funcionamiento del hígado. Sin embargo, los especialistas advierten que todavía es necesario realizar estudios en personas para determinar si los efectos observados en animales se reproducen en humanos y en qué medida.

La preocupación se centra en la posibilidad de que una dieta con exceso de sodio contribuya al deterioro del tejido hepático, especialmente cuando existen otros factores de riesgo metabólico, como obesidad, diabetes o acumulación de grasa en este órgano.

¿Cómo afecta el exceso de sal al hígado?

El sodio es un mineral esencial para el organismo. Participa en el equilibrio de líquidos, la transmisión de impulsos nerviosos y el funcionamiento muscular. El problema aparece cuando se consume en cantidades superiores a las necesarias durante periodos prolongados.

Los riñones son los principales encargados de regular la cantidad de sodio que el cuerpo retiene y elimina. No obstante, el exceso puede influir en otros sistemas mediante mecanismos relacionados con la presión arterial, la retención de líquidos, el metabolismo y la inflamación.

El hepatólogo y especialista en trasplantes Brian P. Lee, de Keck Medicine of USC, explicó a Verywell Health que el hecho de que los riñones regulen el sodio no significa que el hígado esté protegido de sus posibles efectos. De acuerdo con el especialista, distintos mecanismos pueden contribuir a sobrecargar este órgano.

La investigación publicada en Molecular Metabolism examinó los efectos de una alimentación rica en grasas y sal en ratones y encontró alteraciones relacionadas con el procesamiento hepático de las grasas, además de señales asociadas con la inflamación y la fibrosis.

La fibrosis es un proceso mediante el cual el tejido hepático dañado de forma persistente comienza a acumular tejido cicatricial. Cuando progresa, puede dificultar el funcionamiento normal del órgano y aumentar el riesgo de complicaciones.

No obstante, los resultados deben interpretarse con cautela. Los estudios en animales permiten investigar mecanismos biológicos, pero no demuestran por sí solos que el consumo de sal produzca los mismos efectos, con la misma intensidad, en las personas.

La grasa en el hígado no siempre significa una enfermedad avanzada

La acumulación de grasa en el hígado no conduce necesariamente a una lesión grave. Algunas personas presentan depósitos de grasa sin desarrollar inflamación importante ni daño progresivo. El riesgo aumenta cuando intervienen otros procesos que lesionan las células hepáticas y favorecen la formación de cicatrices.

Una de las afecciones relacionadas con este problema es la enfermedad hepática esteatósica asociada a la disfunción metabólica, conocida como MASLD por sus siglas en inglés. Este término sustituyó a la denominación anterior de enfermedad del hígado graso no alcohólico.

La MASLD se caracteriza por la acumulación de grasa en el hígado y suele relacionarse con factores metabólicos, como la obesidad, la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2 y las alteraciones de los lípidos en la sangre. Puede presentarse en personas que consumen poco alcohol o no lo consumen.

En determinados casos, la enfermedad puede avanzar hacia una forma inflamatoria que provoca daño en las células hepáticas. Con el paso del tiempo, esa lesión puede favorecer la fibrosis y, en sus etapas más avanzadas, la cirrosis.

Lee explicó a Verywell Health que la grasa acumulada en el hígado no siempre representa un daño importante por sí sola, pero la inflamación que puede acompañarla es motivo de preocupación porque favorece la cicatrización del tejido.

La investigación sobre el sodio plantea que sus efectos podrían intervenir en este proceso incluso sin provocar necesariamente un aumento adicional de la grasa hepática. Sin embargo, esta posibilidad todavía requiere confirmación en estudios clínicos con personas.

Por ello, no sería correcto afirmar que comer sal provoca directamente cirrosis o cáncer de hígado. Lo que se investiga es si el exceso de sodio puede contribuir a mecanismos que, en combinación con otros factores, favorezcan la progresión de determinadas enfermedades hepáticas.

Por qué la sal requiere especial atención en personas con cirrosis

Los posibles efectos del sodio adquieren mayor relevancia en las personas que ya tienen cirrosis, una enfermedad caracterizada por una cicatrización extensa del hígado.

En esta etapa, los cambios estructurales del órgano pueden dificultar el flujo de sangre y aumentar la presión en los vasos que lo atraviesan, una complicación conocida como hipertensión portal. Además, la enfermedad puede alterar los mecanismos que regulan el equilibrio de líquidos y sodio en el organismo.

Como consecuencia, algunas personas desarrollan ascitis, que es la acumulación de líquido en el abdomen, o edema, una hinchazón causada por la retención de líquidos que puede afectar, entre otras zonas, las piernas y los tobillos.

En estos casos, una ingesta elevada de sodio puede agravar la retención de líquidos. Por ello, los especialistas suelen recomendar reducir su consumo cuando existe cirrosis acompañada de ascitis o edema.

Las pautas clínicas citadas por Verywell Health señalan un objetivo de alrededor de 2 mil miligramos de sodio al día para determinadas personas con cirrosis y acumulación de líquidos. Esta cantidad debe individualizarse con el equipo médico, ya que las necesidades pueden variar según la gravedad de la enfermedad, el tratamiento y el estado nutricional.

Como referencia general, las recomendaciones alimentarias estadounidenses aconsejan consumir menos de 2 mil 300 miligramos de sodio al día en adultos. No se trata de una meta específica para todas las personas con enfermedad hepática, sino de una orientación general para la población.

También es importante distinguir entre sodio y sal de mesa. El sodio es uno de los componentes de la sal, por lo que las cantidades expresadas en miligramos de sodio no equivalen a la misma cantidad de sal. Esta diferencia resulta útil al interpretar las etiquetas nutricionales.

¿Qué alimentos contienen más sodio?

Reducir el consumo de sal no consiste únicamente en dejar de utilizar el salero. Una parte importante del sodio de la alimentación procede de productos procesados, alimentos preparados y comidas de restaurantes, en los que puede estar presente incluso cuando el sabor no parece especialmente salado.

Entre las fuentes habituales se encuentran los embutidos, los quesos, las sopas enlatadas, las salsas comerciales, los aderezos, la salsa de soja, los encurtidos y algunos productos de panadería.

El pan es una fuente relevante de sodio en la dieta estadounidense debido a la frecuencia con la que se consume. Esto no significa que todos los panes tengan cantidades elevadas ni que deban eliminarse, sino que conviene considerar su aporte dentro del conjunto de la alimentación.

Otros productos que pueden contener cantidades importantes son el requesón, los jugos de vegetales y las legumbres enlatadas. En estos casos, comparar las etiquetas permite identificar opciones con menos sodio. Cuando sea posible, elegir legumbres sin sal añadida o enjuagar las enlatadas puede ayudar a reducir parte del sodio consumido.

Para preparar comidas con menos sal, es posible recurrir a hierbas aromáticas, especias, ajo, cebolla, limón y otros ingredientes que aporten sabor. También ayuda cocinar en casa con mayor frecuencia, ya que permite controlar la cantidad de sal y de salsas añadidas.

Las frutas, las verduras, los frutos secos sin sal, los huevos, las carnes y los pescados frescos, así como los lácteos naturales, pueden formar parte de una alimentación variada. La elección debe adaptarse a las necesidades de cada persona, especialmente cuando existe una enfermedad hepática diagnosticada.

Cómo cuidar el hígado más allá de reducir la sal

Aunque moderar el sodio es una medida útil para la salud general, no constituye por sí sola una estrategia para prevenir o tratar todas las enfermedades hepáticas. El cuidado del hígado requiere considerar otros factores, como la calidad global de la alimentación, la actividad física, el consumo de alcohol y las condiciones metabólicas.

Mantener un peso saludable, realizar ejercicio de manera regular y controlar la diabetes, la presión arterial y los niveles de colesterol puede contribuir a reducir riesgos relacionados con la MASLD y otras alteraciones metabólicas.

También conviene evitar el consumo excesivo de alcohol y no utilizar suplementos o remedios supuestamente depurativos sin orientación profesional. Ningún alimento o producto puede garantizar una desintoxicación del hígado ni revertir por sí solo una lesión hepática avanzada.

Las personas con obesidad, diabetes tipo 2 u otros factores de riesgo pueden consultar con un médico sobre la necesidad de evaluar la salud del hígado. Según sus antecedentes y resultados, el profesional puede determinar si hacen falta análisis de sangre, estudios de imagen o pruebas para estimar la presencia de fibrosis.

En conclusión, la evidencia experimental sugiere que una dieta rica en grasas y sodio podría influir en procesos vinculados con la inflamación y la cicatrización hepática, pero todavía no permite establecer con certeza el efecto directo del exceso de sal en el hígado humano. Mientras avanzan las investigaciones, moderar el consumo de sodio, limitar los alimentos ultraprocesados y mantener hábitos saludables sigue siendo una medida razonable para proteger la salud cardiovascular y metabólica, además de contribuir al cuidado del hígado.

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