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Fotoperiodismo

27.6 grados, cero milímetros y chorros llenos en la Alameda

Niños corrieron entre chorros en la Alameda este domingo: sol en las fotos, vigilancia reportada y un Centro tomado por el Maratón.

Por Editor web Maya Comunicación · 30 de agosto de 2026 · Lectura de 4 min

Fotos y texto Bruno Cortés

El agua salía del piso como si el mármol hubiera aprendido a toser. En la Alameda Central, el domingo 30 de agosto de 2026, niñas y niños —unos de pañal y playera, otros ya con la edad de pelearse el chorro más alto— se metieron al juego con la naturalidad de quien no necesita permiso escrito para mojarse. Las fotografías, en blanco y negro, no mienten el gesto: hay quien señala, hay quien grita, hay quien se agacha a recoger una pelota blanca justo donde el agua explota contra el suelo. La emoción de la escena es la más vieja de esta ciudad: el alivio de un domingo que no se paga en taquilla.

Ese mismo día el Centro no estaba “vacío y en paz” por milagro barrial. Se corría el XLIII Maratón de la Ciudad de México: cerca de 30 mil participantes, salida en Ciudad Universitaria y meta en el Zócalo. Calles cerradas, hidratación de élite a unas cuantas cuadras y, en el parque de 9 hectáreas que nace en 1592, otra competencia más antigua: a ver quién dura más bajo el chorro. El dato ancla cabe en una uña: 27.6 °C de máxima en una tabla climatológica del día y 0.0 mm de lluvia registrada, contra un pronóstico del SMN que había hablado de máxima de 24 a 26 °C e intervalos de chubascos. El sol de las fotos y el boletín oficial no son el mismo animal; conviven.

¿Y la “seguridad”? Aquí hay que caminar con el zapato seco. Un recorrido publicado ese domingo por El Universal describe la Alameda sin bloqueos de comerciantes —después de una semana de forcejeo por el recorte de puestos— y con elementos de la SSC y personal de Gobierno en la zona. Eso es un operativo visible en un predio. No es un certificado de que la capital entera amaneció sin delito. Quien convierta una fuente llena de críos en prueba de política pública está vendiendo jabón con agua del parque.

Las imágenes tampoco resuelven una disputa que la ciudad arrastra desde que hay calor y no hay alberca barata. Hay fuentes de la Alameda que son escultura —Venus, Neptuno, Mercurio, las Ninfas— y hay chorros a ras de piso que, en la rehabilitación de 2012, se pensaron para que el agua “bailara”. Meterse al vaso ornamental no es lo mismo que cruzar un túnel de chorros. Esta nota no tiene el reglamento aplicado esa tarde en la mano. Lo que sí tiene es el patrón: cada temporada de sol, la Alameda se vuelve balneario de quienes no se van a Acapulco ni al Club de Banqueros.

El antecedente está documentado en coberturas de años recientes: familias que llegan con toalla y bloqueador; notas que alertan de químicos, orina, perros sueltos y patrimonio trepado; otras que recogen la frase más chilanga del expediente —“es que no hay de otra”—. Un texto de 2025 llegó a citar multa de hasta dos mil pesos por entrar a fuentes. Verificar si esa sanción se cobró el 30 de agosto queda pendiente. Lo observable es que, en las fotos, nadie aparece con chaleco de inspector midiendo el chapuzón.

Al margen, los adultos hacen lo que hacen los adultos en parque público: se sientan, se tapan la boca con la mano, cargan al más chico, miran el celular, dejan que el agua decida. Un muchacho en cuclillas tiende el brazo hacia una pelota que ya va medio ahogada. Detrás, una cortina de gotas borra caras. El blanco y negro le quita turismo al cuadro y le pone crónica: no es postcard de “CDMX mágica”; es piso mojado, pantalón de mezclilla empapado y la economía doméstica resolviendo el domingo con infraestructura del siglo XVI remozada en el XXI.

El buen ánimo, si se le puede llamar así sin termómetro social, está en el grito del que recibe el chorro en la cara. No está en el boletín. Una ciudad de más de nueve millones de habitantes no cabe en una glorieta. El Maratón ocupó avenidas; el comercio informal, la semana; la fuente, la hora del sol. Tres ciudades en el mismo polígono. Quien solo cuente una, miente por omisión.

Para el lector que sí va al Centro: el agua de fuente no es alberca clorada de club. No se bebe. El piso mojado resbala. El menor no es adorno de tuit. Y si la colonia no tiene chapoteadero público —la queja vieja de la desigualdad urbana—, el hueco no se tapa con romanticismo ni con multa selectiva. Se tapa con política de espacio y con laboratorios, no con frase de “hoy todo estuvo bonito”.

Cierra el cuadro una pregunta que se le puede hacer al cuate que saque a los sobrinos el próximo domingo: ¿estamos usando un parque o estamos disfrazando la falta de agua recreativa segura? El chorro no contesta. Solo sigue saliendo.

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