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Shakira conquista el Zócalo: 400 mil almas rompen récord histórico en la capital

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El corazón de México vibró con el rugido de la loba; Shakira convoca a una multitud sin precedentes y redefine los espectáculos masivos.

Fotos y texto Bruno Cortés


¡Qué demostración de convocatoria la de anoche en el primer cuadro de nuestra gran ciudad! Ni el sol de mediodía ni las largas horas de espera mermaron el ánimo de una marea humana que terminó por abarrotar cada rincón del Zócalo capitalino. La Jefa de Gobierno, Clara Brugada, confirmó lo que ya se sospechaba al ver las calles aledañas: una asistencia oficial de 400 mil personas, una cifra que deja en el retrovisor el récord de 300 mil que ostentaban los argentinos de Los Fabulosos Cadillacs.

La plancha de la Constitución se convirtió en un mosaico de voces que, desde temprano, buscaban el mejor ángulo para no perder detalle del evento. Este magno concierto, gestionado y financiado por Grupo Modelo para celebrar su centenario en tierras mexicanas, se desarrolló bajo un operativo de seguridad que no dejó hilo sin puntada, permitiendo que las familias disfrutaran de una velada donde la música fue la única protagonista.

Pasaditas las 20:30 horas, tras una cuenta regresiva que puso los nervios de punta a más de uno, la colombiana saltó al escenario para abrir fuego con «Estoy aquí». Fue el inicio de una travesía de dos horas donde la nostalgia y el ritmo urbano se dieron la mano. Los fans de la «vieja guardia» se dieron un banquete con temas como «Antología» e «Inevitable», demostrando que las letras de hace décadas siguen tan vigentes como el primer día en el imaginario colectivo del chilango.

Pero no todo fue mirar al pasado; el Zócalo también se puso a tono con los tiempos modernos. El respetable bailó a ritmo de bachata y reguetón con éxitos recientes como «Te felicito» y «TQG». La producción no escatimó en recursos, ofreciendo versiones especiales con su banda y momentos de una intimidad que parecía imposible ante tal gentío, especialmente cuando Shakira se sentó al piano para interpretar «Acróstico», silenciando por unos minutos el rugido de la plaza.

El despliegue logístico coordinado por la administración de Clara Brugada fue pieza clave para que el evento no se saliera de cauce. A pesar de los nubarrones de duda que circularon en la semana debido a la coyuntura de seguridad nacional tras los hechos del 22 de febrero, las autoridades capitalinas se fajaron para garantizar la paz. El despliegue de elementos de seguridad y protección civil permitió que la única «sacudida» fuera la de las caderas de los asistentes.

Para evitar que el Centro Histórico se volviera un embudo intransitable, el gobierno instaló pantallas gigantes en puntos estratégicos como la Alameda Central y el Monumento a la Revolución. De esta forma, quienes no alcanzaron a colarse hasta la primera fila pudieron seguir el minuto a minuto desde las calles de 20 de Noviembre y Pino Suárez, mientras que otros millones de curiosos se pegaron a la transmisión por YouTube y Canal 6.

La movilidad también fue un tema resuelto con eficacia. El Metro de la Ciudad de México extendió su servicio en las líneas 1, 2, 8 y 9 hasta la una de la mañana, asegurando que nadie se quedara «a pie» tras el estruendo final. Asimismo, la implementación de la «Ley Seca» desde las dos de la tarde en el primer cuadro ayudó a mantener la fiesta en paz, evitando los excesos que suelen empañar estas celebraciones de gran calado.

El cierre de la noche fue, como dicen en el argot, de «antología». Una loba gigante dominó la escenografía mientras se proyectaban los «10 mandamientos de Shakira», dando paso a un final electrizante con «Loba» y la «Bzrp Music Sessions, Vol. 53». El grito de la multitud fue tal que parecía que los edificios coloniales se mecían al compás del reclamo contra el pasado sentimental de la cantante, sellando una noche que quedará grabada en los anales de la ciudad.

Incluso la presidenta Claudia Sheinbaum se sumó al reconocimiento del éxito del evento, resaltando en redes sociales el empoderamiento femenino con el lema: «En la Ciudad de México, las mujeres ya no lloran». Al final, la capital demostró que, con una logística de hierro y un público entregado, es capaz de albergar los espectáculos más grandes del planeta sin perder el orden ni el estilo.