Texto y fotos Bruno Cortés
Modelo @rubi.cosplay14
Cada domingo a las doce, cuando la luz cae con la arrogancia de quien no pide permiso, aparece ella. Vestida de rojo como si supiera que el mundo merece ser escandalizado, la mujer se detiene justo en medio del jardín, cruza los brazos, alza la barbilla y espera. Nunca llega tarde. Nunca avisa. Y nunca repite conjuro.
Se hace llamar Rubí, aunque los archivos civiles digan otra cosa. Asegura ser la emperatriz escarlata, monarca perpetua de un reino que se despliega en silencio entre la sombra de los laureles y el murmullo de los domingos lentos.

Nadie en el parque se atreve a preguntarle por qué, a veces, al girar sobre sí misma, una tormenta de hojas la envuelve con precisión teatral. “Es el otoño que me sigue desde que rompí con él”, dice sin inmutarse, mientras hojas y polvo bailan en espiral, obedientes a una coreografía que sólo ella conoce.
Los viejos del barrio la observan con el mismo respeto que le tienen a sus pastillas: no entienden para qué sirven, pero temen que si las dejan, algo malo sucederá. Los niños, por otro lado, creen que lanza hechizos que curan el aburrimiento. Y tal vez tengan razón, aunque sea por accidente.
Sentada en un tronco seco —su trono de campo—, Rubí no lanza profecías, ni recita sortilegios. Se limita a mirar. A veces al cielo, a veces al interior de las personas. Dice que hay cosas que sólo se entienden con los ojos cerrados y los brazos abiertos, justo como hizo el día en que desapareció por quince minutos y regresó cubierta de tierra… y con una receta de galletas sorprendentemente buena.

“La realidad es un chisme mal contado que todos decidimos creer”, afirma mientras observa a los paseantes como quien revisa mercancía en oferta. Su voz tiene la cadencia de un sueño y la seguridad de quien ya ha sido todo lo que se puede ser, y aún así decidió regresar para recordarnos cómo se respira con dignidad.
Una vez, un joven escéptico le preguntó si de verdad tenía poderes. Ella respondió lanzando una mirada firme, y al instante, al muchacho le creció una ceja sobre la oreja izquierda. No volvió a dudar, ni a rascarse.
Rubí, como el domingo, no está hecha para ser entendida. Está hecha para recordarnos que, incluso en la rutina más apretada, hay espacio para la magia. Para lo absurdo. Para una mujer escarlata que hace que el mundo, por unos minutos, se incline ante lo extraordinario.
Y así, con la luz acariciando su corona, con la espalda recta y la mirada perdida en otra dimensión, Rubí, la emperatriz escarlata, sigue reinando cada domingo. No porque deba. Sino porque, secretamente, todos necesitamos que lo haga.











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