Las Siete del Olimpo

Texto y fotos Bruno Cortés

En la ladera olvidada del monte Ataraxia, donde los olivos murmuraban secretos y las cigarras llevaban siglos de huelga, se reunieron las siete diosas menores, esas que ni Homero ni Hesíodo quisieron incluir en sus catálogos, no por falta de méritos sino por exceso de particularidades.

Calíopea, diosa de la vanidad consciente, acariciaba su mejilla mientras posaba para sí misma, como quien saborea la dulzura de saberse su mejor creación. Su habilidad era simple pero útil: podía hacer que cualquier espejo devolviera una versión mejorada, aunque el efecto sólo duraba cinco minutos o un comentario honesto, lo que ocurriera primero.

A su lado, Eudora, la diosa de las excusas elegantes, descansaba apoyada contra un tronco milenario. Cada vez que alguien la culpaba de algo, los argumentos caían de su boca con tal gracia que hasta el más ofendido terminaba pidiéndole disculpas. «No es que llegara tarde», decía con voz de miel, «es que estaba perfeccionando la puntualidad emocional.»

Más allá, en una raíz de higuera, Aretusa, diosa del drama cotidiano, blandía una espada de latón que nadie se atrevía a cuestionar, no porque fuera afilada —era inútil contra todo menos contra la coherencia— sino porque Aretusa podía dramatizar un mal clima como si se tratara del fin de los tiempos. Una nube bastaba para activar su épica.

Bajo el mármol roto de un antiguo templo, danzaba Selénide, diosa de las iluminaciones inútiles. Vestía de blanco y oro, invocando verdades absolutas que brillaban como estrellas… y eran igual de inalcanzables. A menudo decía cosas como: «La eternidad es sólo la siesta de un caracol.» Nadie sabía qué significaba, pero todos asentían, por miedo a parecer tontos.

En el claro del bosque, Taleia, la diosa del ofrecimiento eterno, extendía las manos en un gesto de entrega perpetua. Ofrecía amor, consejos, abrazos, frutas… Nadie sabía cómo se abastecía, pero nunca, jamás, nadie aceptaba lo que ofrecía. Era la encarnación de esa tragedia absurda: dar sin ser requerido.

Un poco apartada, girando sobre sí misma como en un trance de carnaval solar, estaba Nefertea, diosa de las coronas imaginarias. Su cabeza siempre resplandecía bajo un halo dorado que sólo ella podía ver… o eso creía, pues en su mundo toda mirada era una ovación y cada silencio, un aplauso cósmico.

Finalmente, entre las sombras juguetonas de los sauces, se encontraba Xantina, la diosa del desdén elegante. Era capaz de destruir el ego de cualquier mortal con un solo levantamiento de ceja. Su poder era silencioso, pero devastador. Una vez, un rey olvidó su reino durante tres días sólo porque Xantina lo miró como quien ve llover.

El consejo de diosas menores se reunía cada siglo para deliberar asuntos serios: el número ideal de selfies por día, la política de sarcasmo ante oráculos fallidos, y si las tragedias griegas debían reescribirse como comedias de errores.

Un mediodía, bajo la luz sorda de un sol fatigado, decidieron crear un nuevo tipo de mortal: el humano autocrítico. Mezclaron un poco de vanidad de Calíopea, excusas de Eudora, drama de Aretusa, iluminaciones de Selénide, ofrecimientos de Taleia, coronas de Nefertea y desdén de Xantina. El resultado fue un ser que, apenas nacido, se miró al espejo, se culpó de existir, lloró su destino, filosofó sobre la nada, ofreció disculpas, se coronó en sueños… y luego, por supuesto, se despreció por todo ello.

Las diosas, satisfechas, brindaron con ambrosía adulterada y declararon el día como feriado universal: El Día del Humano Imperfecto.

Desde entonces, cada vez que alguien duda de sí mismo frente a un espejo, siente el impulso de disculparse por llegar tarde, dramatiza una conversación, cita frases profundas que nadie entiende, ofrece amor a destiempo, imagina coronas invisibles o desprecia con elegancia una oportunidad perdida… una risa suave, como de hojas secas, recorre el Olimpo olvidado.

Y ellas, las siete imperfectas, ríen también. Pero no de burla: de complicidad.

Este evento fue coordinado por Citlalli Solano IG @citlallisolano para el grupo de @cdmxfotografiarte

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