El tranvía 133 apareció aquella mañana con aires de aristócrata cansado, como si hubiera pasado la noche peleándose con Porfirio Díaz por un espacio en la historia. Caireles lo vio estacionarse en la esquina de Venustiano Carranza con esa elegancia decadente que sólo tienen los vehículos que no deberían existir desde 1940.
—Hoy trae humos de salón fino, ¿eh? —dijo Tarrajas, sacudiéndose la ceniza del saco.
—Pues si huele a perfume de bigotito francés, seguro vamos a La Ópera —respondió Caireles, con tono de quien ya sospecha la crónica.
Subieron. El tranvía suspiró, torció las vías, y de un jalón los arrojó al año en que la ciudad tenía más carruajes que patrullas y más conspiradores que meseros. Ahí estaba: La Ópera, la cantina del lujo, el terciopelo rojo y la cicatriz más famosa del techo nacional.

El 133 se detuvo dentro del salón, como si fuera parte del mobiliario desde siempre.
—Mira nomás, Tarrajas —dijo Caireles—. Aquí donde ves ese techo floreado es donde Pancho Villa dejó su tarjeta de presentación.
—Sí, el hoyo que ningún restaurador ha querido tapar porque la historia paga mejor que el yeso —añadió Tarrajas.
Entraron. La Ópera olía a maderas viejas, brandy añejo y secretos que nunca llegaron a acta pública. Entre lámparas doradas y espejos que deformaban la perspectiva, los dos periodistas se dejaron envolver por la opulencia que sobrevivió a la Revolución, al terremoto del 85 y a la gentrificación antes de que supiéramos qué era eso.
En la barra, un mesero de bigote afilado los recibió.

—¿Van a querer mesa, caballeros?
—Mesa no, maestro. Venimos por la bala —respondió Caireles.
—¿Y por un par de whiskies? —insistió el mesero, con sabiduría cantinera.
—Sí, pero que sepan a Porfiriato recién pulido —dijo Tarrajas.
Tomaron asiento justo debajo del agujero de bala. Era pequeño, pero brillaba como si absorbiera la luz del siglo XX entero.
—Dicen que Pancho Villa disparó al techo porque no le gustó la botana —comentó Tarrajas.
—Dicen tantas cosas… —respondió Caireles—. Lo único cierto es que esa bala dejó a La Ópera exenta de remodelaciones y llena de turistas.
El techo vibró. No con temblor, sino con memoria. Las sombras se movieron. Un Porfirio Díaz transparente cruzó el salón como un fantasma disciplinado. Un revolucionario gritó algo ininteligible en una esquina. Monsiváis se apareció en un espejo con una libreta en la mano.

—Esta cantina tiene más espíritus que una misa de gallo —dijo Caireles.
—Pues claro —dijo Tarrajas—. Los lugares con historia no mueren, nada más se cambian de horario.
Entonces el tranvía 133 vibró como impaciente.
—Hora de irnos —dijo Caireles.
—¿A dónde ahora? —preguntó Tarrajas.
El 133 abrió sus puertas y una corriente de viento trajo olor a piso mojado, a madera vieja y a caldo de cantina.
—Huele a tradición —dijo Tarrajas, ajustándose la camisa.
—Huele a la Peninsular… —susurró Caireles.
Y sin pagar la cuenta —porque el tiempo ahí no se cobra— subieron al tranvía, que arrancó rumbo a la siguiente esquina donde México guarda sus cuentos bajo llave.


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