LA ILUSIÓN VIAJA EN TRANVÍA

Caireles y Tarrajas descubren la cantina que tenía licencia para medir a México

Caireles juraba que el suelo de la Ciudad de México amanecía más hundido cada lunes, pero aquella madrugada el pavimento de Moneda parecía absorberlo a propósito. “Es la cruda tectónica, Tarrajas”, murmuró, mientras el otro lo miraba con ojos de quien no distingue si está en la vida real o en una crónica de Salvador Novo. Entonces lo escucharon: el traqueteo metálico del tranvía 133, ese vehículo que aparece sólo cuando la ciudad quiere contarte un secreto que no está en los libros.

—¿A dónde nos va a llevar hoy, maestro? —preguntó Tarrajas, acomodándose la camisa floreada que ya olía más a tertulia que a suavizante.
—Pues a donde la historia se haya echado un trago, compadre —dijo Caireles, subiendo al tranvía con la dignidad de un académico que va tarde a clase.

El 133 arrancó como si supiera perfectamente el camino. Las ventanas temblaron y las calles se doblaron hacia atrás, como si la ciudad quisiera rebobinarse. De pronto, ya no estaban frente al Palacio Nacional de 2025, sino frente al mismo edificio… pero con olor a tinta fresca, pólvora antigua y caldo de camarón. Y ahí, como piedra angular de la bohemia nacional, estaba la cantina El Nivel, sosteniendo la esquina desde hacía siglo y medio, orgullosa de su Licencia Número 1, ese documento que le dio más poder que un decreto presidencial.

—Míralo, Tarrajas: el único lugar donde Juárez, Santa Anna y Zabludovsky pudieron coexistir sin que se armara un zafarrancho —dijo Caireles.
—Y donde la botana era democrática, pero los debates no tanto —contestó Tarrajas.

Entraron. El 133 desapareció detrás de ellos con un suspiro metálico, como quien sabe que el viaje apenas empieza.

Adentro, El Nivel no era una cantina; era un archivo etílico. Las paredes rezumaban anécdotas y humedad virreinal. El piso estaba asentado sobre capas infinitas de historia: la inundación de 1629, las tertulias de la Real y Pontificia Universidad, la sangría de Lerdo de Tejada, el eco del Monumento Hipsográfico que medía el hundimiento de la ciudad mientras los clientes medían su propio equilibrio a punta de Nivelungos.

—Dicen que aquí se inventó el Nivelungo para resucitar difuntos —dijo Tarrajas, recargándose en la barra.
—Pues sí. Vodka, Pernod, naranja y decisiones políticas cuestionables —añadió Caireles—. Un clásico nacional.

Mientras hablaban, frente a ellos se materializaban sombras ilustres: Monsiváis apuntando frases en servilletas, Novo riéndose de todos, Colosio levantando un brindis discreto. No era nostalgia: era la cantina recordándose a sí misma, orgullosa de haber sido el consultorio psiquiátrico de toda la clase política.

Apareció entonces un cantinero que no pertenecía a ninguna época en particular.
—¿Nivelungo? —preguntó con voz de quien ya vio demasiados amaneceres.
—Uno para cada quien, maestro —dijo Caireles—. Y si se puede, también un caldo. El de res, el que cura más que un amparo.

El cantinero sirvió los vasos. El aroma anisado abrió una puerta invisible: la puerta por donde se escapaban todas las conversaciones prohibidas que alguna vez ocurrieron ahí. Juárez conspirando. Lerdo decretando licencias por sed personal. Zedillo discutiendo economía mientras se le enfriaba la botana.

—Este lugar era la junta de gobierno antes de la junta de gobierno —dijo Tarrajas.
—Y también la sala de terapia de todo el Centro Histórico —completó Caireles.

Un temblor suave recorrió el suelo. No era un sacudón sísmico: era el edificio recordando su propio hundimiento. La historia se agrietaba. La barra se convirtió, por un segundo, en un retablo virreinal; las botellas en códices; el Nivelungo en un elíxir alquímico. Los dos periodistas entendieron que la ciudad ya no sostenía la cantina: era la cantina la que había sostenido a la ciudad.

—¿Y por qué la cerraron, Caireles? —preguntó Tarrajas, mientras el tranvía 133 reaparecía afuera, impaciente.
—Porque a veces la memoria estorba, compadre. Y porque la UNAM también tiene derecho a reclamar su cuna.
—¿Y qué nos queda?
—Lo de siempre: contarlo antes de que se les olvide a todos.

Salieron. El Nivel se disolvió en el aire como humo de cigarro en una ceremonia antigua. El 133 abrió sus puertas. La ciudad volvió a hundirse un centímetro, como cada día.

—Próxima parada: la cantina que sobrevivió a las balas, las serenatas y las reformas administrativas —anunció el 133 con voz de trompeta oxidada.
—¿Cuál será esa? —preguntó Tarrajas.

Caireles sonrió, ajustándose los lentes.

—La que nos toque, maestro. Mientras haya tranvía… hay historia que beber.

El 133 avanzó hacia otra calle que no existía en ningún mapa. Y así comenzó la excursión etílica de dos cronistas que viajan sin moverse, persiguiendo cantinas antes de que las traguen los museos o las remodelaciones.

También te podría interesar