Por Bruno Cortés
El Informe Trimestral de Hacienda ha aterrizado en los escritorios de Palacio Nacional con la sutileza de un ladrillo: la economía creció apenas un 0.7% en todo 2025. Mientras los boletines oficiales celebran que el déficit presupuestario bajó al 3.9% del PIB —mejor que el desastroso 5.0% de 2024—, la letra chiquita revela la verdadera trampa. No estamos ante un saneamiento real, sino ante una «normalización» a forzeps donde el margen de maniobra se compró a crédito y con recortes quirúrgicos.
Los números fríos confirman lo que se murmuraba en los pasillos de Donceles: el costo financiero de la deuda se disparó un 9.8% en términos reales respecto al año anterior. Aunque Hacienda presume que gastó 78 mil millones de pesos menos de lo programado en intereses gracias al manejo de pasivos, el golpe al presupuesto es innegable. Pagar los platos rotos del pasado nos está costando más caro que nunca, y ese dinero, que bien podría ir a infraestructura, se está quemando en la hoguera de los rendimientos financieros.
Tras bambalinas, la estrategia es clara: salvar a Pemex a cualquier costo para mantener la narrativa de soberanía energética. El informe detalla operaciones de «fontanería financiera» por miles de millones de dólares para reducir la deuda de la petrolera y pagar a proveedores. Si bien esto le lavó la cara a las calificadoras, logrando mejoras en la nota crediticia, la realidad es que el gobierno federal absorbió ese riesgo. Es un juego de trileros: la bolita de la deuda solo pasó de la bolsa izquierda (Pemex) a la derecha (Hacienda), pero el pantalón sigue siendo el mismo.
El análisis profundo muestra una paradoja peligrosa: tenemos un gasto en desarrollo social histórico del 13.1% del PIB , financiado por una recaudación tributaria récord del 15.1% del PIB. Suena bien, ¿no? El problema es que esta maquinaria depende de que la fiscalización siga apretando tuercas (el «terrorismo fiscal» dirían los empresarios) y de que no haya sorpresas externas. Con un crecimiento anémico del 0.7%, la pregunta del millón es: ¿de dónde saldrá el dinero cuando ya no haya más de dónde exprimir a los contribuyentes cautivos?
En el tablero geopolítico, el «superpeso» es el gran ilusionista. Cerrar el año en 18.01 pesos por dólar, una apreciación del 15.7%, ha sido un bálsamo para la inflación y la deuda externa, pero es un espejismo que esconde la debilidad estructural. Esta fortaleza cambiaria se debe más al diferencial de tasas con la Fed y a la entrada de capitales golondrinos que a una economía real robusta. Si Estados Unidos estornuda con sus aranceles o ajusta sus tasas, ese escudo de 18 pesos se puede resquebrajar en días.
La conexión económica es directa: la inversión física se desplomó un 28.4% real anual. Esto es gravísimo. Se terminaron las obras faraónicas del sexenio pasado y no hay nada nuevo que las sustituya. Un país que no invierte en ladrillos, tecnología e infraestructura está condenado a estancarse. El gobierno presume que la caída es por una «base de comparación alta», pero el ciudadano lo traduce fácil: menos obras, menos empleos eventuales y carreteras que empiezan a pedir auxilio.
Para colmo, el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público (la deuda total real) cerró en 53.1% del PIB. Aunque presumen que es menor al promedio latinoamericano, estamos hablando de más de la mitad de lo que produce el país hipotecado. El pronóstico para 2026 no es de bonanza, sino de resistencia. Hacienda estima bajar la deuda al 52.3%, pero con un crecimiento económico tan pobre, esa meta pende de un hilo muy delgado.
Lo que podemos esperar mañana es que los mercados reaccionen con cautela. Los inversionistas no son tontos; ven el superávit primario de 0.2% como un esfuerzo loable pero insuficiente ante la presión del gasto social y las pensiones. La discusión fiscal que se avecina será brutal: o se recorta el gasto «sagrado» (programas sociales) o se acepta que el endeudamiento llegó para quedarse.
En conclusión, este informe es una radiografía de un paciente estabilizado con adrenalina, no curado. La política mexicana no es de velocidad, es de resistencia, y al cierre de 2025, Hacienda nos dice que aguantamos un round más. Pero ojo, chilangos y paisanos: en la economía, como en las cantinas del Centro, la cuenta siempre llega, y alguien va a tener que pagarla.

