El divorcio entre Morena y el Verde en San Luis Potosí perfila un escenario de voto castigo que favorece al blanquiazul rumbo a la gubernatura.
Por Bruno Cortés
Vaya polvorín el que se está gestando en las tierras potosinas, donde el tablero electoral ha pasado de un amarillo preventivo a un rojo que quema. No es para menos: el idilio entre Morena y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) parece haber llegado a su fin, dejando tras de sí un aroma a pleito de cantina que tiene a los estrategas de la capital con el Jesús en la boca. En este río revuelto, el que ya sacó la caña de pescar es el Partido Acción Nacional (PAN), que sin mucho esfuerzo está capitalizando el descontento de una ciudadanía que ya se siente empalagada de la política local.
La nota no es que el panismo haya recuperado la fe de sus antiguos fieles por puro amor a la camiseta, ¡qué va! Lo que pasa es que el electorado está aplicando la de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Los datos arrojan una intención de voto para el blanquiazul que ronda el 39.6%, una cifra que le devuelve el color al rostro a la oposición, pero que esconde una realidad de bulto: la gente no busca un guía espiritual en la derecha, sino una herramienta de castigo para frenar lo que muchos consideran un avance dinástico en el estado.
En las benditas redes sociales y en las pláticas de café, la división es más clara que el agua de la Huasteca. Por un lado, tenemos a la tribu «Anti-Gallardista», un grupo que opera con una lógica de pragmatismo puro y duro. Para ellos, si el PAN es el único que trae los fierros necesarios para sacar a la familia Gallardo del poder, entonces les darán su voto útil sin pensarlo dos veces. Es una esperanza pragmática, de esas que nacen cuando el hartazgo le gana a la ideología y se prefiere lo conocido con tal de variar el menú.
Del otro lado de la banqueta están los «Morenistas Puristas», esos que llevan la cartilla de la Cuarta Transformación tatuada en el pecho y que hoy se sienten traicionados. Siguiendo la línea que viene desde Palacio Nacional, donde la Presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado claro que eso del nepotismo no va con el movimiento, estos militantes ya advirtieron: antes de apoyar una «monarquía» local, prefieren anular su voto o quedarse en casa viendo la tele. Es una indignación ética que le está metiendo el pie a la alianza oficialista.
Mientras tanto, la «Estructura Verde» no se queda de brazos cruzados y mantiene una lealtad defensiva que ya quisiera cualquier general. Están listos para el choque de trenes contra lo que llaman el centralismo de Morena, sintiéndose amenazados en su propio patio. Esta fractura interna es lo que los expertos llaman la «Bomba del Nepotismo», un artefacto que ya tiene el reloj en marcha y que podría estallarle a la 4T en plena cara si no logran planchar las diferencias antes de que las urnas se abran.
Pero ojo, que no todo lo que brilla es oro para la oposición. Aquí es donde la puerca tuerce el rabo: existe una disonancia crítica porque, aunque la marca del PAN sube como la espuma, sus figuras visibles no terminan de cuajar. El caso de Enrique Galindo es el ejemplo perfecto; sus números en los careos directos contra los pesos pesados del oficialismo todavía no dan para celebrar en la Alameda. El electorado potosino está buscando un martillo para romper el cristal, no necesariamente un líder al cual seguir ciegamente.
La matemática electoral es fría y no sabe de sentimientos. Si Morena y el Verde deciden ir cada quien por su lado, la división del voto le regalaría la victoria al PAN en bandeja de plata. Sería el resultado de un divorcio tóxico que nadie supo mediar a tiempo. Para el gobierno federal, esto representaría una crisis de gobernabilidad en el Bajío antes siquiera de que el calendario marque el inicio formal del proceso hacia el 2027, convirtiendo a San Luis en el laboratorio de lo que pasa cuando el poder se hereda en lugar de ganarse.
La incertidumbre cínica se respira en cada esquina de la capital potosina. El ciudadano de a pie ya no se chupa el dedo y sabe que lo que viene es un conflicto inminente. El escenario de «alerta roja» no es una exageración de café; es el pulso de una sociedad que se siente atrapada entre la continuidad de un grupo en el poder y una oposición que, aunque revive en las encuestas, todavía tiene que demostrar que tiene con qué gobernar más allá de ser el receptáculo del enojo colectivo.
Así las cosas, el tablero potosino se mueve entre la traición y la estrategia. Lo que hoy parece una ventaja sólida para Acción Nacional podría ser solo una ilusión óptica si no logran presentar un proyecto serio que vaya más allá del «voto de castigo». Por ahora, los dados están en el aire y la moneda sigue girando, pero lo que es seguro es que en San Luis Potosí, el que no corre, vuela, y el que se duerme, se lo lleva la corriente de una política que no perdona ni olvida.
