Fotos y texto Bruno Cortés
Modelo @itsjessisnow
En el parque de los murmullos y los perros sin correa, aparecía cada domingo una joven pelirroja con corona de flores rojas y una expresión decididamente feliz para alguien que se dedicaba a lanzar maldiciones. Se llamaba Jessi Snow y decía ser bruja freelance, especializada en encantamientos breves y malestares digestivos.
Jessi no volaba en escoba ni hervía sapos. Su magia era más sutil: bastaba un beso al aire para que el infortunio tomara forma. El domingo anterior, por ejemplo, un político local que le lanzó un piropo recibió tres días de hipo y una auditoría sorpresa.

«El poder no necesita explicación, sólo práctica», solía decir mientras soplaba polvo de escarcha encantada desde su palma con la elegancia de una influencer del otro mundo.
Los niños del barrio la amaban, aunque les advertía que no se acercaran demasiado. «No por ustedes», decía, «sino por el duende que vive en mi sombra y colecciona calcetines izquierdos».
Una vez, una señora con bastón la acusó de herejía. Jessi le sonrió con dulzura, le regaló una flor carmesí y a la mañana siguiente, la mujer despertó hablando exclusivamente en latín vulgar. Nadie más la volvió a molestar.
«Ser bruja hoy es como ser poeta: no se gana mucho, pero se vive con estilo», pensaba mientras ajustaba su vestido negro de terciopelo, reflejo de épocas que nunca vivió pero que recordaba con nostalgia inexplicable.
El parque era su reino. Entre árboles que crujían secretos y bancas que sabían de amores rotos, Jessi reinaba sin trono, sin súbditos y sin más ambición que la de repartir un poco de caos cuidadosamente dosificado.

La gente, claro, asumía que todo era un espectáculo. «Una actriz,» murmuraban. «Un cosplay,» decían otros. Pero cuando desaparecían objetos, se olvidaban nombres o un taxista se quedaba atrapado en bucle en la glorieta, siempre había una estela de brillo suspendida en el aire.
Los domingos, especialmente después de las cinco, el mundo parecía más… ¿cómo decirlo? Resbaloso. Como si la realidad se dejara llevar un poco más por el viento y menos por la lógica.
Jessi creía firmemente que el aburrimiento era la peor maldición humana. Por eso sus conjuros eran siempre breves, inesperados, ligeramente ridículos y profundamente poéticos.
«La belleza está en lo que no tiene sentido, pero persiste», decía mientras observaba cómo una paloma comenzaba a hablarle de Kant en voz baja.

Una tarde, un niño le preguntó: “¿Por qué haces magia?”. Ella se agachó, le revolvió el cabello y respondió: “Porque el mundo se toma demasiado en serio a sí mismo. Y yo… no”.
Después de lanzarle un beso al aire, el niño se rió y salió corriendo, con el doble de suerte y la mitad de preocupaciones.
Y así, cada domingo, Jessi Snow regresaba. El parque la esperaba, el polvo brillaba, y la realidad, con todo y su lógica testaruda, no podía hacer nada más que inclinarse ligeramente ante la fantasía.










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