CIA en México: el nuevo ajedrez del intervencionismo gringo al descubierto

Por Bruno Cortés

La nota roja a veces esconde secretos de Estado. En abril de este 2026, la volcadura de una camioneta en la sierra de Chihuahua no solo cobró la vida de dos agentes estadounidenses y dos funcionarios estatales, sino que rasgó el velo de un secreto a voces: la Agencia Central de Inteligencia (CIA) camina a sus anchas por nuestro patio. Lejos de la ficción de Hollywood, la realidad nos receta un intervencionismo de carne y hueso, operando laboratorios clandestinos y manejando los hilos de la seguridad nacional sin que nadie les haya extendido una invitación formal.

Para entender esta jugada hay que echarle un ojo a los cimientos de la Compañía. Como bien decía Allen Dulles, uno de sus padres fundadores, cuando un país va por «mal camino», los estadounidenses no pueden sentarse a esperar «una invitación impresa para prestar ayuda». Esa filosofía, labrada en los albores de la Guerra Fría tras el Acta de Seguridad Nacional de 1947, sigue más viva que nunca. Hoy, la excusa ya no es el fantasma del comunismo, sino la epidemia de fentanilo y el empoderamiento de los cárteles.

El patrón de la CIA no es nuevo, simplemente cambió de ropaje. Los manuales históricos de la agencia revelan la existencia de «Grupos de coordinación», encargados de asesorar a servicios locales en contrainsurgencia y armar operaciones combinadas. Si le quitamos el polvo a esos documentos y miramos al presente, encontramos a las famosas «unidades verificadas por la CIA», grupos de élite del Ejército y la Marina mexicana que pasan por el polígrafo estadounidense, reciben financiamiento y ejecutan las capturas de alto perfil, desde capos sinaloenses hasta jefes de plaza en el occidente.

Así, las operaciones de la Agencia se dividen en dos ramas clásicas que siguen operando. Por un lado, las operaciones de recolección de inteligencia o FI-CI; por el otro, la joya de la corona: la Acción Encubierta (CA). Esta última le otorga a la CIA su carácter de brazo ejecutor de la política exterior de Washington. Lo que en el siglo pasado era desestabilizar gobiernos en el sur del continente, hoy se traduce en la cacería y extracción de capos bajo la espesa niebla de la clandestinidad.

El caso de Ismael Zambada, sacado del país a finales de 2024 en circunstancias turbias, huele a leguas a estas tácticas de acción encubierta. La caída del patriarca del Pacífico desató el «Tercer Culiacanazo», una guerra intestina que ha dejado miles de víctimas, mientras los artífices de la jugada observan el tablero desde sus escritorios en Virginia. La Compañía sabe jugar a la fractura interna, una técnica de manual para debilitar estructuras que consideran amenazas a sus intereses.

Aquí en la capital, la respuesta oficial ha sido una auténtica montaña rusa. Al principio, la presidenta Claudia Sheinbaum desmintió tajantemente los reportes de agencias internacionales sobre la presencia de elementos de la CIA operando de la mano con militares mexicanos. Sin embargo, cuando los fierros retorcidos en Chihuahua dejaron al descubierto las credenciales de los agentes fallecidos en pleno operativo, el discurso tuvo que tragar saliva y matizarse, expresando el deseo de que estas incursiones terrestres sean «una excepción y no la regla».

Y es que el asunto cala hondo en el orgullo constitucional. Históricamente, la presencia de elementos armados extranjeros en el territorio ha chocado de frente con nuestro eterno discurso de soberanía y no intervención. No obstante, en el terreno de los hechos, la necesidad de inteligencia tecnológica, drones y cruce de datos ha vuelto a nuestras autoridades sumamente dependientes de la «ayuda» del vecino del norte. Ellos ponen la información filtrada; nosotros, lamentablemente, ponemos la cuota de sangre.

¿Hacia dónde apunta este patrón de comportamiento institucional? Todo indica que, ante la presión política interna en Washington, la CIA ha decidido acelerar el paso. Están operando desde los consulados y la embajada, utilizando las viejas tácticas de sentirse como «peces en el agua» para mantener relaciones plenamente justificadas ante el mundo diplomático, mientras por la puerta de atrás coordinan desmantelamientos en la sierra y extracciones de blancos prioritarios, saltándose las siempre engorrosas aduanas de la burocracia.

Al final del día, el mexicano de a pie es quien se queda atrapado en este fuego cruzado de dimensiones transnacionales. Entre cárteles desbocados que imponen su ley y una agencia extranjera que hace de las suyas bajo el añejo pretexto de salvarnos de nosotros mismos, la soberanía se va volviendo una simple palabra de adorno en los discursos cívicos. El intervencionismo mutó, cambió la trinchera ideológica por la criminal, pero el objetivo sigue intacto: mover los hilos desde la sombra a como dé lugar.

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