Autopistas caras, salud rota y escuelas parchadas: la realidad que Morena no quiere ver

 

Por Bruno Cortés

 

Dicen que todo va bien… pero sólo si no manejas, no te enfermas y no tienes hijos en la escuela.

Porque en el México real —ese que no sale en la mañanera— la cosa está más ruda: autopistas más caras, hospitales parchados y escuelas que sobreviven con lo que hay. Y no lo dice cualquier tuitero enojado, lo dijo con todas sus letras el coordinador del PRI en San Lázaro, Rubén Moreira.

El primer golpe se siente en el bolsillo: moverse en este país ya es un lujo. Las autopistas subieron de precio como si fueran un servicio premium, pero sin opción económica real. Las carreteras libres —que deberían ser la alternativa— están en condiciones que harían sufrir a cualquier vehículo. Al final no hay elección: pagas o te arriesgas.

Y mientras tanto, la autoridad encargada de regular, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, parece operar más en el papel que en la realidad, dejando que el ciudadano absorba el costo.

En educación, el panorama no es mucho mejor. “Anda batallando”, dijo Moreira, en una frase que se queda corta. Escuelas con carencias, maestros resolviendo con lo que tienen y estudiantes que terminan aprendiendo más de resistencia que de contenido académico. En el discurso hay transformación, pero en los hechos lo que cambia es la paciencia de las familias.

En salud, la situación recuerda a un déjà vu constante. El sistema sigue sin estabilizarse tras los cambios de modelo. Se prometió algo mejor, pero en el camino quedaron huecos que hoy se traducen en desabasto, saturación y largas esperas. No es solo un problema técnico, es una realidad que pega directamente en la gente.

A esto se suma la preocupación por la refinería de Refinería Olmeca Dos Bocas, donde se han encendido alertas por posibles riesgos ambientales. Mientras el gobierno la presenta como símbolo de soberanía energética, desde la oposición advierten que el costo podría ser ecológico, y ese tipo de daños no se resuelven en un sexenio.

El fondo del asunto no es que existan problemas —todos los gobiernos los enfrentan—, sino la distancia entre lo que se dice y lo que se vive. Porque cuando la narrativa choca con la realidad, el impacto se siente en cosas muy concretas: baches, precios altos y servicios que no terminan de funcionar.

Ahí es donde empieza a crecer la duda: si el cambio prometido realmente se refleja en la vida diaria o si, al final, sólo se trata de una historia mejor contada.

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