Vístete deprisa (y otras formas de no amar)

Texto y fotos Bruno Cortés

En el departamento 4B de la colonia Narvarte, mientras hervía el agua para el café soluble, Germán se arrepentía de haber respondido a aquel mensaje en Thai Bliss VIP. No por moralismo —el moralismo se le cayó en 2006, cuando su suegra descubrió su colección de tangas masculinas—, sino por logística. “Mi mujer está al llegar”, se repetía, como si el conjuro pudiera devolver el tiempo a la noche anterior, cuando todavía se sentía joven, viril, y no como ahora, un saco de huesos flácido con miedo a oler a otro cuerpo.

—Hey tú —dijo, señalando a la joven que aún se revolvía entre las sábanas como una promesa no cumplida—. No me vengas con historias sobre la pasión y la amistad. Esto fue un trato, no una novela de Murakami.

La joven —que insistía en llamarse “Sofía” pero tenía acento de Tultitlán— se tapó con la sábana y lo miró con la ternura que se reserva para los perros enfermos.

—Pero… me enamoré de ti —susurró, como quien confiesa haber pisado un charco y encontrado un anillo de compromiso.

—¡No era eso lo pactado! —Germán casi gritó, como si los sentimientos fueran contratos rotos—. Mi esposa va a venir, y no puede encontrarte aquí. No sé si entiendes el concepto de “servicio discreto”.

La cafetera chilló. Germán corrió a atenderla como si fuera una amante más confiable. Sofía seguía ahí, impasible, como si no le hubiera importado nunca la urgencia del adulterio.

—Te he pagado —añadió Germán, ahora más paternal que cliente—. Lo acordado. El tailandés. Los besos con lengua. Las lágrimas postorgasmo. Todo eso. Pero ahora estoy cansado, Sofía. Voy a preparar café. No sea que venga mi mujer y huela tu drama.

La muchacha se incorporó con una calma de otro mundo. Literal. Porque cuando Germán parpadeó, vio que Sofía flotaba a medio metro del suelo, envuelta en una niebla suave que olía a jazmín y a televisión apagada.

—¿Qué eres? —susurró, aferrándose a su taza de café como un crucifijo.

—Solo lo que buscaste —respondió Sofía—. Un taxi, un teléfono y un striptease… pero también un espejo. Te ofrecí el reflejo de lo que no soportas ver.

Germán se dejó caer en la silla como un globo viejo que ha visto demasiadas fiestas. Pensó en su esposa, en sus veinte mil pesos, en su vida construida con puertas cerradas y silencios pactados. Por un momento, deseó que su infidelidad fuera más vulgar, más humana. Pero no. Había llamado al deseo y el deseo le respondió con poesía.

El amor es un cuchillo sin mango que corta por ambos extremos.
Y tú, Germán, lo empuñaste como si supieras bailar tango.

—No nos une más que la necesidad —dijo Germán, ahora casi con dulzura—. Yo te di mis veinte mil. Tú me diste tus caricias. No sé qué más quieres de mí.

—Que te mires —respondió Sofía, mientras su cuerpo se deshacía en una niebla de lentejuelas y recuerdos—. Que te vistas deprisa y te olvides de ti.

La cerradura giró. Su esposa entró con bolsas del súper y olor a cilantro. Germán, vestido con una bata ridícula, sonrió con la fragilidad de quien acaba de sobrevivir a una tormenta que nadie más vio.

—¿Con quién hablabas?

—Con el café. Se me pasó un poco.

Ella no preguntó más. Él no dijo nada. El silencio, como siempre, fue el pacto.

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