Un poderoso terremoto de magnitud 7,7 estremeció este viernes el centro de Myanmar, extendiendo su furia a Tailandia, el suroeste de China y partes de la India. El movimiento telúrico, ocurrido al mediodía (6:00 GMT), ha dejado una estela de destrucción: edificios colapsados, infraestructuras dañadas y cientos de víctimas, aunque las cifras exactas aún son inciertas debido al hermetismo del régimen militar birmano.
Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), el epicentro se ubicó a solo 16 km al norte de Sagaing, cerca de Mandalay, la segunda ciudad más importante de Myanmar. Tras el sismo principal, se registraron al menos cuatro réplicas, con magnitudes entre 4,5 y 6,6, aumentando el pánico y los daños en zonas ya afectadas.
Myanmar, gobernado por una junta militar desde 2021, enfrenta una crisis de información. Sin embargo, testigos y rescatistas reportan «daños enormes». En Mandalay, edificios históricos como el Palacio Real del siglo XIX y la pagoda Shwe Sar Yan (de más de 1.000 años) sufrieron graves deterioros. En Naipyidó, la capital, enormes grietas partieron carreteras y varios edificios se derrumbaron.
Un rescatista en Mandalay declaró a la BBC: «El número de muertos es bastante elevado. Todavía no tenemos cifras exactas, pero son centenares». Ante la magnitud del desastre, la junta militar declaró estado de emergencia en seis regiones y, en un hecho inusual, pidió ayuda internacional.
Aunque el epicentro fue en Myanmar, Tailandia sufrió graves consecuencias. En Bangkok, a 1.000 km de distancia, un rascacielos en construcción se derrumbó, dejando al menos 3 muertos, 68 heridos y 81 obreros atrapados. El viceprimer ministro tailandés confirmó la movilización de equipos de rescate, mientras hospitales se preparan para más víctimas.
El temblor también se sintió en China (Yunnan y Sichuan), India y Vietnam, con reportes de daños menores. Sin embargo, la situación en Myanmar es crítica: el país ya enfrenta conflictos armados, desplazamientos masivos y restricciones a la ayuda exterior. Joe Freeman, de Amnistía Internacional, advirtió que el ejército birmano tiene un «historial de bloquear ayuda en zonas conflictivas», lo que podría agravar la crisis.
Mientras los equipos de rescate trabajan contra el tiempo, la comunidad internacional observa con preocupación. La prioridad ahora es salvar vidas, pero la reconstrucción en una región fracturada por la política y la violencia promete ser un desafío aún mayor.