La presentación del Plan Nacional de Infraestructura Hidráulica 2026 en la conferencia matutina ha desatado una polifonía de reacciones que evidencian la profunda fractura entre el sector productivo y la visión estatal. Mientras la Presidenta Sheinbaum insiste en que «el agua no es un privilegio, es un derecho», la plana mayor del Consejo Nacional Agropecuario (CNA) advierte que las nuevas regulaciones podrían comprometer la competitividad de las exportaciones mexicanas en el marco del T-MEC.
«Necesitamos certidumbre para la inversión, no solo restricciones», comentó un representante de la agroindustria tras el anuncio. El temor reside en que la fiscalización de las concesiones se convierta en un instrumento de presión política o que la reducción de volúmenes asignados afecte la rentabilidad de cultivos de alto valor como el aguacate y las berries, que son los principales consumidores de agua en el occidente del país.
Por el contrario, organizaciones ejidales y defensores del territorio han recibido la noticia como una victoria histórica. En comunidades del Valle del Mezquital y la Mixteca, los campesinos sostienen que el agua ha sido capturada por «terratenientes modernos» que han dejado secos los pozos locales. Para ellos, el meollo del asunto es la redistribución efectiva que permita la subsistencia de la agricultura familiar frente a la industrial.
Dentro del propio gabinete, la tensión es palpable. Funcionarios de la Secretaría de Economía buscan equilibrar el mensaje para no ahuyentar la inversión extranjera atraída por el nearshoring, mientras que la Semarnat presiona por un enfoque de conservación radical que detenga la expansión de parques industriales en zonas sin disponibilidad hídrica garantizada por la Conagua.
Expertos independientes en gestión del agua señalan que la clave del éxito del plan no estará en el presupuesto, sino en la capacidad de mediación entre estos intereses contrapuestos. El reto técnico de construir 32 presas es menor comparado con el reto social de negociar los derechos de paso y el uso de los caudales en regiones donde el agua ha sido motivo de conflictos violentos durante décadas.
La respuesta de la sociedad civil ha sido de una cautela expectante. Grupos ambientalistas celebran el enfoque en la tecnificación y el saneamiento, pero cuestionan si el plazo de cuatro años es suficiente para revertir el daño ecológico en cuencas críticas como la del río Lerma. Exigen que las auditorías a las empresas sean públicas y que no se permitan excepciones para las marcas globales.
El escenario para el resto de 2026 se perfila como uno de intensa negociación política. La Presidenta ha dejado claro que su prioridad es la gente, pero el sector empresarial es el motor del empleo. México se encuentra en el epicentro de un experimento social y técnico donde el agua es el terreno de batalla por la definición del modelo de desarrollo para la segunda mitad del siglo XXI.

