En México, el baño diario es un ritual heredado de nuestros ancestros. Los mexicas no solo se limpiaban cada día en sus temazcales, sino que desarrollaron desodorantes y productos de higiene bucal con plantas medicinales. Esta costumbre contrasta con otras culturas donde la frecuencia del baño es menor, generando incluso choques culturales con visitantes extranjeros. Pero ¿qué dice la ciencia actual sobre este hábito profundamente arraigado?
El médico e investigador James Hamblin de Yale University desafió las convenciones modernas al reducir sus duchas durante cinco años, documentando su experiencia en el libro Clean: The New Science of Skin. Sus hallazgos revelan una paradoja: nuestra obsesión por la limpieza podría estar debilitando las defensas naturales del cuerpo. Hamblin descubrió que la piel alberga un ecosistema complejo de bacterias y microorganismos (incluyendo ácaros Demodex) que nos protegen de infecciones y alergias. El uso excesivo de jabones antibacteriales destruye este microbioma cutáneo, eliminando la capa protectora de sebo que alimenta a estos aliados microscópicos.
La industria de productos de higiene ha jugado un papel clave en crear la necesidad del baño diario. Hamblin demuestra cómo en el siglo XIX, campañas publicitarias asociaron estratégicamente el olor corporal con falta de moralidad, impulsando el consumo de jabones y desodorantes. Como experimento, el médico creó su propia línea cosmética con ingredientes básicos, evidenciando lo sencillo que es comercializar productos de dudosa eficacia a precios elevados en este mercado poco regulado.
Pero Hamblin no propone abandonar la higiene, sino practicarla con inteligencia. Recomienda limpiezas localizadas (manos, axilas, zonas íntimas), uso de productos suaves que respeten el pH natural, y reducir la frecuencia e intensidad de las duchas completas. Tras varias semanas de este régimen, el cuerpo encuentra un equilibrio: la producción de sebo se normaliza y los olores fuertes disminuyen al restaurarse el microbioma natural.
Curiosamente, este enfoque encuentra eco en las prácticas de higiene prehispánicas, donde se usaban plantas medicinales en lugar de detergentes agresivos, y se combinaba la limpieza con terapias de vapor en el temazcal. La sabiduría ancestral y la ciencia moderna convergen en un mismo principio: la verdadera higiene no consiste en esterilizar nuestro cuerpo, sino en mantener sus mecanismos de defensa naturales en óptimo funcionamiento.
En la búsqueda del equilibrio, los dermatólogos sugieren alternativas prácticas: duchas completas cada dos o tres días según la actividad física, lavado diario de zonas críticas, y sobre todo, aprender a distinguir entre las necesidades reales de limpieza y los estándares impuestos por el marketing. Quizá el legado más valioso de nuestros antepasados no sea la frecuencia del baño, sino su comprensión de que la higiene verdadera es aquella que trabaja en armonía con los procesos naturales del cuerpo.