“Ayer todo esto estaba lleno de cempasúchil”, dice un hombre de unos 50 años que trabaja en una parcela del barrio Caltongo de Xochimilco, una de las cuatro alcaldías de la capital —junto con Milpa Alta, Tláhuac y Tlalpan— que produce esta flor colorida que simboliza el camino entre los que partieron y los que esperan pacientes el regreso de sus seres queridos el Día de Muertos, que en México se celebra este 1 y 2 de noviembre.

En esta tarde en donde cae el sol a plomo, el campesino cuenta que lo más difícil de producir el cempasúchil son las plagas, en referencia a los pequeños chapulines, caracoles y orugas que, sin los cuidados necesarios, podrían terminar con una delicada labor que les lleva entre tres y cuatro meses.

Pero la protección de este hombre, que prefiere quedar en el anonimato, fue impecable. A tan solo cuatro días del inicio de la festividad, solo quedan unas 200 macetas de cempasúchil de las 20.000 que sembraron inicialmente en este terreno. Las más de 19.000 ya han sido vendidas a grandes comerciantes o intermediarios.

En 2021, las alcaldías de Xochimilco y Tláhuac produjeron más de 3,5 millones de plantas de cempasúchil. El gobierno de Ciudad de México estima que la comercialización de esta flor deja una derrama económica de unos 100 millones de pesos (unos 4,9 millones de dólares, calculando el tipo de cambio a 20,25 pesos).

Estas son cifras millonarias que parecen alejadas de la realidad de Alberto Palacios, quien en los días que anteceden al Día de Muertos, llena su trajinera de madera con unas 500 macetas de cempasúchil y se desplaza por los canales de Xochimilco, yendo de su invernadero hasta la avenida Nuevo León, en donde ya lo esperan los potenciales clientes.

Mientras Palacios, de 30 años, descarga las flores desde su trajinera, una pareja estaciona su vehículo a dos metros, desciende y pide 120 macetas de cempasúchil. Otro hombre se acerca y en seguida negocia por teléfono sus políticas de venta al mayoreo con alguien más: “Más de cien macetas le doy precio. Y si me compra las cien, se las llevo a domicilio”.

Son comerciantes intermediarios, como muchas personas que hoy se acercan con el productor para comprar la maceta de esta preciada flor en 12 pesos (0,48 dólares), y que terminarán vendiendo por el doble de su valor.

El cempasúchil se convirtió en un negocio de muy corta temporada y, actualmente, México ni siquiera figura entre los principales productores en el mundo. China aprovechó que esta planta es rica en carotenoides —pigmentos utilizados en la industria avícola— y la nación asiática siembra el 75 % del total global utilizado, seguido de India (20 %). Por eso es que pasando la festividad del Día de Muertos, Palacios se dedicará al cultivo del rosal durante los siguientes seis meses.

En octubre, el hombre que viste una playera tipo polo color rosa y pantalones de mezclilla trabaja jornadas de diez horas que lo dejan exhausto. Por ahora, Palacios se ocupa en descargar todas las macetas posibles para completar uno de los tres viajes que realizará durante el día. No han pasado ni cinco minutos desde su última venta cuando Margarita Amezcua llega al sitio y le pide a 15 macetas de cempasúchil.

“Tengo más de 20 años de venir aquí”, dice la mujer que inicia el festejo desde el momento en que compra las flores “preciosas”. Amezcua cree que es importante seguir apoyando a productores como Palacios, quienes proveen “esta materia prima que es necesaria para la fiesta tradicional de Día de Muertos”.

Aunque se discute si el origen del Día de Muertos en México es una tradición precolombina o si fue resultado de la conquista española, el cempasúchil es originario de Mesoamérica, se conoce que los mexicas lo asociaban con la vida y la muerte y utilizaron esta flor en diversos rituales.

Haciendo a un lado esta discusión académica, en estas fechas, las calles de las principales avenidas de la capital se ven tapizadas del color amarillo que remite al sol. Las familias mexicanas, en tanto, llenan el suelo de sus viviendas con pétalos de cempasúchil para guiar las almas de sus seres queridos difuntos, desde la puerta hasta el banquete que se preparó en su honor, en donde los aguardará una pieza de pan de muerto, sus guisados favoritos, unas calaveritas de azúcar o chocolate y hasta un caballito de tequila.

Amezcua detalla que en la ofrenda de su casa no puede faltar el cempasúchil, las calaveras, el mole y la fruta. “La pongo para mi papá, para mi suegra, una suegra linda que tuve, amorosísima, tengo su fotografía. Es para las dos personas para las que pongo”, confiesa.

José Beltrán Contreras

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