Análisis y Coyuntura

El senador holograma y el cheque de carne y hueso

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Por Bruno Cortés

En el Senado mexicano ya perfeccionaron una modalidad superior al trabajo a distancia: el trabajo invisible. El senador no necesita sentarse en su escaño, debatir, responder preguntas ni exponerse a las cámaras. Basta con que siga existiendo administrativamente para que el cheque encuentre el camino de regreso a casa.

Enrique Inzunza Cázarez no ha sido declarado culpable por tribunal alguno. Conviene subrayarlo sin rodeos. El Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública el 29 de abril una acusación formal contra él, Rubén Rocha Moya y otros funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa por presuntos delitos relacionados con narcotráfico y armas. La propia fiscalía estadounidense aclara que las imputaciones son acusaciones y que los señalados deben ser considerados inocentes mientras no exista una sentencia.

Pero la presunción de inocencia no obliga a Morena a montar un número de ilusionismo parlamentario.

Ignacio Mier, coordinador de la bancada mayoritaria, anunció que Inzunza ya no será convocado a las sesiones de la Comisión Permanente durante el resto del receso legislativo. La explicación fue presentada con solemnidad de ujier: hay que evitar el “show mediático”, impedir protagonismos y salvar al Senado de convertirse en un circo.

La preocupación institucional sería conmovedora si la solución no pareciera escrita por el administrador de una carpa.

Porque el senador no pierde el cargo. No recibe una sanción. No solicita una licencia prolongada. No enfrenta una discusión pública dentro de su bancada. Simplemente deja de ser convocado. Y como la ausencia administrativamente diseñada no es lo mismo que una falta injustificada, la dieta continúa su marcha triunfal. No por transferencia, según explicó Mier, sino mediante cheque. Incluso puede acudir un representante a recogerlo.

En otras palabras: al senador lo borran de la fotografía, pero mandan enmarcar el recibo.

La maniobra ya había tenido un ensayo general. A finales de mayo, Inzunza pidió licencia durante apenas 22 horas para que su suplente ocupara el escaño en una sesión relevante. Fue una licencia exprés: suficiente para proteger la votación, insuficiente para despejar la duda política. El suplente entró, levantó la mano y el titular recuperó después el asiento. Una especie de servicio parlamentario por aplicación: se solicita solamente cuando hace falta completar el pedido.

Morena intenta vender la operación como prudencia. Pero la prudencia no consiste en meter al personaje incómodo detrás del telón y esperar que el público olvide que la obra continúa. Tampoco consiste en declarar “circo” cualquier pregunta que estropee la escenografía oficial.

La oposición puede sobreactuar. Los medios pueden convertir cada aparición en espectáculo. Eso ocurre todos los días en política. Pero la dignidad del Senado no se protege apagando la luz sobre el escaño que incomoda. Se protege explicando con claridad qué responsabilidad institucional asume un legislador sometido a una acusación internacional de semejante gravedad.

Inzunza tiene derecho a defenderse. Morena tiene derecho a no declararlo culpable por anticipado. Lo que no tiene es derecho a confundir la presunción de inocencia con una capa de invisibilidad política.

El problema tampoco se reduce al monto de la dieta. El dinero importa, desde luego. Pero la imagen pesa más: un senador acusado formalmente en Estados Unidos, apartado cuidadosamente de la escena parlamentaria por su propia bancada y con un cheque que puede recoger un representante.

Ignacio Mier quería evitar que el Senado se convirtiera en un circo.

Llegó tarde.

La carpa ya está instalada. El senador invisible ocupa el número principal. Y en la taquilla, perfectamente puntual, espera el cheque de carne y hueso.