El PAN quiso estrenar empaque; Coahuila le informó que el producto ya estaba fuera del anaquel.

Por Bruno Cortés
El PAN no perdió una elección en Coahuila. Perdió el derecho a fingir que todavía pesa lo mismo que antes.
El PREP, con la totalidad de las actas capturadas, colocó al blanquiazul en 2.16%: apenas 26,877 votos. Quedó debajo del Verde, que alcanzó 2.60%, y muy lejos de Nuevas Ideas, partido local que obtuvo 5.89%. Cuando un partido que gobernó Torreón termina mirando hacia arriba para encontrar a la chiquillada, ya no enfrenta un tropiezo: enfrenta una mudanza al sótano.
Mientras tanto, la alianza PRI-UDC acumuló 55.01% de los votos y se perfiló para ganar los 16 distritos de mayoría relativa. Morena-PT llegó a 26.20% y no consiguió abrir una sola puerta. El PRI no resucitó en Coahuila porque ahí nunca murió: solamente volvió a pasar lista, acomodó las sillas y preguntó quién quería café.
La proyección legislativa es todavía más incómoda para la oposición: el PRI tendría 16 curules y su aliado UDC sumaría una plurinominal. De confirmarse los cómputos, el bloque alcanzaría 17 de los 25 escaños del Congreso local. El viejo dinosaurio no sólo conservó el parque jurásico; también se quedó con la llave de la entrada.
Para el PAN, la ironía llegó cuidadosamente empacada. Jorge Romero había presentado el relanzamiento del partido como algo más profundo que una operación cosmética. Habló de salir de los escritorios, recorrer los estados y abrir las puertas a la ciudadanía. En Coahuila, las puertas quizá sí estaban abiertas. El problema es que casi nadie quiso entrar.
La escena tiene un detalle casi cruel. El PAN solicitó al Instituto Electoral de Coahuila incluir su nuevo logotipo en registros y materiales electorales. El IEC resolvió el 30 de abril que la petición no era viable. Visto desde los resultados, la discusión burocrática parece una parábola: el problema nunca fue el empaque. El problema era encontrar compradores.
De confirmarse el resultado, Acción Nacional pasaría de cinco diputaciones locales a cero. Además, quedó debajo del umbral del 3%, por lo que enfrenta el riesgo de perder prerrogativas estatales. El IEC deberá hacer la definición formal una vez terminados los cómputos y calculada la votación válida emitida. No hay todavía certificado jurídico de defunción. Pero el velorio político ya tiene café, flores y una silla reservada para la dirigencia nacional.
La lectura para Jorge Romero es incómoda porque el PAN decidió probar en Coahuila su capacidad de competir sin colgarse del PRI. El experimento salió limpio: pusieron la marca sola en el anaquel y el consumidor prefirió cualquier otra cosa. En política, las mesas de negociación no se ganan con comunicados sobre identidad partidista. Se ganan con votos. Y el PAN llegará a las siguientes conversaciones cargando una carpeta con diseños renovados y una bolsa peligrosamente ligera de sufragios.
Coahuila no demuestra que el PAN esté muerto en todo el país. Demuestra algo más urgente: en un estado norteño donde alguna vez fue contrapeso, ya puede convertirse en extra de reparto. Quiso recuperar identidad y terminó encontrando marginalidad. Quiso relanzar la marca y las urnas le recordaron una regla básica del mercado político: antes de cambiar el logotipo, conviene revisar si todavía queda partido.
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