Por Salomón Chertorivski

El presidente López Obrador ha cobrado conciencia: México vive un agudo y prolongado desabasto de medicamentos para sus enfermos, especialmente los más pobres. Admite, así, que no hay modo de esgrimir “los otros datos”. Bien: no hay niños y niñas con cáncer que conspiran a ser conservadores. Reconoce que desde el inicio de su administración, el desabasto de medicamentos es el más grave en la historia de la medicina mexicana.

El miércoles, exasperado, irritado, con el voluntarismo por delante, ordenó a quien se dice secretario de Salud y al director del Insabi que ya no quiere escuchar de desabasto… que no puede dormir tranquilo. Sería digno de celebración si el Presidente confrontara -en serio- un problema complejo, sin simplismos.

Lo digo porque su orden será nulificada por la realidad, dado que su gobierno destruyó el sistema de abasto y distribución. No tiene ciencia, dijo López Obrador. Si las papitas y los refrescos llegan a todas partes… ¿por qué no los medicamentos? Por eso mismo: porque no son “papitas”.

El abasto dependía de un sistema de compras consolidadas. El IMSS llegó a tener 300 funcionarios dedicados a la planeación y el suministro. ¿Por qué tan especializado? Porque hay que hacer estudios rigurosos: saber qué medicamentos e insumos deben radicarse en cada unidad médica, hospital o clínica de alta especialidad.

Esto supone comprar cada año más de mil 500 claves que tienen que distribuirse en 4 mil puntos, de donde parten a las unidades médicas. Para ello hay que estudiar con precisión (no al ahí se va) qué cantidad de medicamentos se estima necesaria en cada centro de salud, justo porque se trata de productos escasos y caros. Éste es un proceso portentoso que sólo pueden desarrollar especialistas con experiencia a partir de proyecciones que provienen de años previos.

Es también necesario conocer la oferta nacional y mundial de medicamentos: saber qué capacidad de producción tienen las farmacéuticas, qué tiempos de entrega y en qué puntos se distribuirán; si la industria nacional puede satisfacer la demanda o tiene que importarse. Y si podemos adquirirla de países con los que tenemos tratados de libre comercio o no.

Hay que catalogar los medicamentos por lo menos en dos grupos: los que tienen patente, y por tanto constituyen un monopolio -ahí no puede haber licitación sino negociación, por ejemplo, las vacunas contra el Covid-, y los genéricos, que obligan a una licitación.

Antes de la llegada tumultuosa de este gobierno, antes de que cada fabricante pudiera comenzar a producir, en octubre de cada año previo, se formulaban los pedidos ¡con meses de anticipación! a fin de que el siguiente enero hubiera abasto suficiente. En 2018, México logró que alrededor del 80 por ciento de todas las compras públicas de medicamentos fueran consolidadas, con un sistema reconocido por la OCDE.

¿Había corrupción?, pretexto que se esgrime para justificar la incompetencia. Es posible. Sin embargo, de ser así, los presuntos delincuentes tendrían que haber sido acusados y, en su caso, encarcelados. Destruir un sistema que funcionaba para sustituirlo por una oficina inepta en la Secretaría de Hacienda no constituye una política de combate a la corrupción: es una improvisación propagandística que ha causado miles de muertes.

Tampoco es opción eliminar a las grandes distribuidoras sin un mecanismo para sustituir su función. El gobierno sostiene que jugaban un papel monopólico porque eran pocas y tenían grandísimos contratos. Sin embargo, separar la distribución de la producción resulta importante, ya que supone una especialización diferente: el productor no conoce los requerimientos logísticos, no tiene los camiones con refrigeración que necesita el 30 por ciento de los medicamentos ni las capacidades de financiamiento que requiere trabajar con compras públicas.

Es por todo ello que Hacienda no logró -no podría hacerlo- realizar las compras en tiempo y forma. Otras improvisaciones llevaron a acudir a la UNOPS, oficina de las Naciones Unidas que nunca había realizado compras de esa dimensión, y menos en México. Y como corolario de todo, ahora el señor Presidente instruye en conferencia a la Secretaría de Salud y al Insabi que, por fin, las realicen bien.

La mala noticia: hoy por hoy, y por las mismas estrambóticas decisiones presidenciales, estas instituciones carecen del personal capacitado para lograrlo. El resultado es un nuevo galimatías.

Pero el Presidente insiste sin que nadie en su gabinete lo corrija: por fin reconoce el grave problema del desabasto, pero cree que sus dictados y su voluntad lograrán el cometido.

Nuestras niñas, nuestros niños, nuestros enfermos, pagarán las consecuencias de esa delirante incompetencia. El Presidente seguirá sin poder dormir tranquilo.

El autor es Diputado federal por Movimiento Ciudadano. @chertorivski

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