Los chavistas mexicanos

Los desvaríos de Nicolás Maduro lo describen a él mismo: bravucón y patán, paranoico y ridículo o, mejor dicho, sin sentido del ridículo. Encarrerado en la desmesura, el dictador venezolano canta y baila, impone peroratas inacabables, imagina que lo guía el espíritu de Chávez y se siente ungido por él. Lo escandaloso a estas alturas, para nosotros, no es cada nueva bravata de ese triste personaje, sino el eco, disminuido pero significativo, que encuentra en México.

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