Texto Mauricio Mejía fotos Bruno Cortés
“El Niño Dios te escrituró un establo, y los veneros de petróleo el diablo”, dice un verso de La suave patria de Ramón López Velarde. Afuera -allá lejos de la capital ojerosa y en carretela-, quedan el caso Cuba, Minneapolis, los devaneos -locura y arrobo de lunático- de Donald Trump, el calavera del nuevo orden mundial. Adentro -acá, en la morada, en la habitación de la City; en la veladora-, persiste la tradición, el folclore y la narración viatico de la vitalidad religiosa, de la trivia en la que se juntan el uno, el dos y el tres. Pesebre, césped, peregrinación.

Tarde fría y húmeda en el ombligo de la nada, en donde solamente es frecuente lo inaudito. Cerca de aquí, en el centro del cosmos, el Zócalo, el Niño -el futuro Logos, palabra, parábola- asiste a la liturgia del ropaje para su primera fiesta: la presentación, la manifestación, la comunión con el que viene en el nombre del que Es. El viajero se dirige al otro lado de la acequia, en donde se añaden (en Ciudad de México ninguna esquina junta; siempre agrega) República de El Salvador y Talavera. Aquí, sin maquillaje para turistas, el templo de la vorágine es real: áspero, cutre, sarroso.

Vida sin retoque; sin filtro de photoshop.
Percal y abalorio.
Cruel, malsana, mugrienta. La ciudad tiene cicatrices; guarras, espinosas, desgarradoras. Como dicen las Escrituras, Dios habita en los estercoleros. También, la urbe es amable, ferviente, venerable.
Aquí, en el espejo de la ausencia, el barroco se vuelve minimalismo.
Atiende Guadalupe. En el local 14 -tres generaciones, de sastres para el Niño que no crece; quien es Noche Buena, Rosca y Candelaria- se arriman dos formas de religión, una conciliar que conduce a la Salvación y una laica que dirige al goce, al delirio, al rugido. En ambas formas del círculo, una actitud fervorosa las junta y la separa: la plegaria. Los files del que anduvo la mar para el perdón de los pecados se embarullan (alineaciones de un mismo credo) con los terrenales atormentados por las calamidades burlescas -aunque no menos serias- del ajetreo que sucede entre porterías.
Después de que doña Félix pidió el precio por el atuendo del Santo Niño de Atocha, doña Emma -con cierta pena; exigencia del nieto- pregunta por el uniforme de la Selección Mexicana; es año de Mundial (tres veces en el estadio Azteca), y el quinto partido -y, tristemente, hasta el cuarto- se ha convertido en martirio para millones de aficionados que aún viendo la llaga y la sangre entre sus dedos siguen creyendo en un equipo que de la pena hace rosario, y del rosario novenario.

En la cancha de las creencias, todo se aliena bajo un solo esquema. Se suma. A la fe, se congrega -¿por qué no?- el juego, la esperanza de que el cuadro nacional, por fin, por fin, cumpla con la súplica secular del campeonato -o de los cuartos de final, apenas- que siempre sucede a otras congregaciones; nunca en esta tribuna, tan fiel y beata al balón como pocas. Nunca estará de más una cierta -¿cierta?- ayuda de las alturas: el Cordero como emblema del sufrimiento que promete el Evangelio; la buena nueva.
Guadalupe, nieta e hija de costureras del que nació en Belén, sostiene que cuando alguien pide que el Niño sea vestido de verde y blanco en realidad implora misericordia por una vocación tangible, digna de toda convicción: la creencia mundana por unos colores, por una orden que lleva a cuestas la pasión, la alucinación y el delirio; antónimos paganos de las teologales resignación, caridad y piedad. En esta yuxtaposición de credos es difícil adivinar en qué vértice la sacralidad se convierte en esoterismo; en qué cruce la ortodoxia es un desplante herético. Tampoco importa el canon a la hora en que la que la pelota despierta los atavismos más sagrados y más profanos. Son insondables los caminos del gozo, místico o pecaminoso. Aquí, en este local del ritual de la vestimenta, no hay, sin embargo, sacrilegio: solamente dos clamores de piedad.
Dice Guadalupe que esta vez no hay un jugador indicativo de ofrenda; antes, sí: Chicharito Hernández, Andrés Guardado, Rafael Márquez, Guillermo Ochoa. Es entendible, la escuadra de Javier Aguirre no tiene un apóstol de relevancia en el relicario colectivo. Ninguno por encima del resto. Así que los jóvenes prefieren la camiseta sin número en la espalda; la urgencia juega en todas las posiciones del diagrama de la manda.
En años ya arcaicos los hinchas elegían la casaca multicolor y asimétrica del astro Jorge Campos, carismático portero del final del siglo XX. El caso de Cuauhtémoc Blanco es singular porque su vida extracancha ha enterrado los trabajos casi bíblicos de los Mundiales de 1998 y 2002 -también con Aguirre en el banquillo-, en los que sobresalió como Aaron en medio de batallas históricas contra Holanda y Bélgica; Croacia e Italia.
Desde luego que la cábala manda en estos días de las candelas encendidas, según platica Guadalupe. Las abuelas mantienen las preferencias de la vieja guardia: en Niño de Atocha, el del Sagrado Corazón y el que sostiene san José en su brazo derecho y que es celebrado los 19 de marzo. También -explica Guadalupe- es muy solicitado el vestuario de doctor que este local aportó a la festividad poblana, diseñado para cumplir con las devociones de las hermanas religiosas de una congregación hospitalaria.
Hace muchos años, también de acuerdo con la confeccionista, llegó un adolescente con su madre y pidió que el Niño de la familia fuera arropado como jugador del Rebaño Sagrado, al que los presbíteros del balón llaman El Guadalajara. Y, luego, otro prefirió la usanza del ave americanista. Todavía hoy, el equipo de la capital sigue siendo el “más solicitado” por la grey de la pelota. Es curioso que el equipo urbano que más lo necesita, el Cruz Azul, no sea motivo de las “ropas” del niño que buscaron, bajo la estrella, los magos de Oriente.
Cuando más cerca sucedió que en el altar de la devoción se encendieran las contradicciones entre lo sacro y lo mundano fue aquella ocasión en la que un niño exigió que el pequeño Jesús fuera envestido con el uniforme rojo del Toluca. El sacerdote que bendijo aquel querubín tuvo motivos justificados para la protesta: no todos los días el diablillo despistaba con un disfraz tan ocurrente y fáustico para ingresar a la liturgia de la purificación. Aún así, el padre aceptó, con humor, el rumor del alquímico azufre.
En este festín del mundo a la carta -característica básica de la era posdigital en la que los jóvenes y adolescentes eligen todo a su imagen y semejanza- han llegado solicitudes de astros de tierras lejanas como Cristiano (la hipérbole es un drible) Ronaldo o Lionel Messi.
Tampoco es asombroso.
El Papa Francisco -muerto en 2025 después de ver el tricampeonato argentino- dispuso del juego más hermoso como vehículo efectivo para la evangelización cristiana desde que era sacerdote en las villas miseria de Buenos Aires. Hincha de San Lorenzo de Almagro, Jorge Mario Bergoglio -el extremo por izquierda- incluyó al futbol y sus derivados en un número aún no contado de homilías y discursos papales para ampliar la cancha de la ecclesia. Fiel soldado de la Compañía de Jesús, el creativo de la palabra, emparentó el Nuevos Testamento con la tabla de clasificaciones del credo futbolístico. Los sacerdotes de la capital de México, poco a poco, han ido aceptando con toda seriedad esta audacia juvenil: “Si esto te acerca a la iglesia- dice Guadalupe que dicen los curas- bienvenido el Niño Jesús vestido con la doce de la selección nacional”.
El Mundial es un convivio de nacionalidades. También una cofradía de errantes. El gobierno trumpista se olvida que la pelota ha domesticado el ánimo de la Unión Americana por la llegada de migrantes en el suelo de la libertad. Ajenos a la visa, miles de extranjeros (nadie lo es) propagaron las virtudes cardinales del balompié. Su primera estrella, Aldo Donelli, fue hijo de italianos y la mayor parte de los integrantes de la escuadra actual tiene ascendencia en primera o segunda instancia de otros mares, de otros barros. Bruce Springsteen ha lanzado una canción homenaje a las víctimas de ICE en Minnesota. La madre de Guadalupe diseñó el Niño Migrante -overol de mezclilla, guarache y morral para la recolección- para dar compañía, consuelo y paz a los latinoamericanos que han seguido los pasos del judío Yeshúa, hijo de Yosef y de Miriam. El Niño es, además, símbolo de la lucha contra la persecución, la intolerancia y el acoso contra los más pobres y menesterosos.
El 11 de junio, ante Sudáfrica, el equipo de Aguirre juega su primer partido mundialista. El resultado del encuentro ya lo sabe el que Es, para quien todo ha sucedido. Hay que esperar (con la esperanza vuelta secular) si la devoción fue escuchada o faltaron rezos para que el once alcance el cuarto, el quinto o el sexto partido de un certamen abultado de método científico y darwinismo, cuyo ateísmo suele ser lapidario con los exvotos y las preces.
La virtud de los milagros es que siempre están por suceder…











